Inicio / Cultura / Mundo Raro.  Caminantes del mundo

Mundo Raro.  Caminantes del mundo

Ornán Gómez

Catazajá es la tierra del manatí, dijo Gerson. Y yo me quedé pensando en que Eduardo, mi hijo, podría compararme con uno de ellos por mi gordura. Karolina PecerCesar GandyGerson Laparra Escalante son y yo llegamos casi al anochecer, cuando el sol descendía tras los cerros. Williams Chopin se nos uniría más tarde. Aún así, el calor hacía sudar copiosamente. Para combatirlo, los parroquianos bebían cervezas en algunas en las aceras. Los cuatro llegamos a Catazajá como Acción Magisterial Artística, e íbamos a compartir talleres de lectura con padres de familia, estudiantes y profesores. Así que después de casi seis horas de viaje, al fin habíamos llegado.

La supervisora, profesora Lorena, nos esperaba en su oficina, que era una habitación no muy amplia, donde acomodaron mesas y sillas para que nosotros, caminantes del mundo, nos acomodáramos para cenar. Y cenamos tostadas que estaban más que deliciosas, pues nuestro último alimento lo hicimos kilómetros antes de llegar a Villahermosa, donde vive mi amigo Gamaliel Sanchez Salinas, escritor y promotor cultural.

Y después de cenar, la maestra Lorena dijo que fuéramos a instalarnos al hotel. Y allá fuimos. A un edificio de tres pisos. Nos asignaron la habitación doce, que estaba en la última planta. Y con todo nuestro cansancio a cuestas, cargamos maletas, guitarras, libros y nuestra alegría por estar en aquel lugar, cerca de Palenque, donde reinaron los mayas. Y subimos despacio, como contando las gradas que nos separaban de la habitación donde descansaríamos. Y cuando al fin llegamos, observamos que la habitación estaba en la azotea del edificio. Frente a nosotros, la noche se abría con su montón de estrellas colgando del cielo.

Más allá, rumbo a donde pensé que estaba Palenque, una luna gorda y redonda ascendía al firmamento. En ese momento, Gandy, nuestro querido cantautor, encendió un cigarrillo mientras oteaba la oscuridad de la ciudad, apenas disimulada por las lámparas que colgaban en las esquinas y las casas. Después de la segunda calada, recibió una llamada a su teléfono celular. Era su esposa que le preguntaba cómo estaba. Para no escuchar, Gerson y yo nos metimos a la habitación para dejar las maletas. Apenas entramos, vi que, sobre el techo, un par de ventiladores de aspa colgaban como murciélagos dormidos. Empotrado a la pared, un aparato de aire acondicionado era como un ojo cíclope.

Después salimos a la terraza, porque Gandy había dejado de hablar. Pese a nuestro cansancio, no queríamos dormir aún. Así que salimos de nuevo, para caminar las calles de aquella ciudad rodeada de selva, río y laguna. En esta ocasión nos acompañó Karolina, que minutos antes fue a dejar sus cosas al departamento de la maestra Lorena, donde dormiría. También se nos unió Williams, que trabaja en una escuela de esa región. Después de caminar un par de calles, volvimos a la habitación, porque el cansancio obligaba a buscar cama. Y cada uno, envuelto en aquel rumor que nos llegaba de la selva, se durmió pensando en quién sabe qué.

A la mañana siguiente desayunamos huevos fritos con chorizo, plátanos, frijoles y café negro. Después de ello, cada uno de nosotros se hizo cargo de un grupo de participantes. César Gandy trabajó con niños e hicieron música; Karolina con papás. Williams, que vino a apoyarnos, con otro de niños. Y yo, con maestros y papás. Y allí estábamos, envueltos en aquel bochorno que me hacía pensar en Macondo. Y los niños rieron, dibujaron y cantaron. Y después de ello, terminamos nuestras actividades. Y la maestra Lorena dijo que teníamos que esperar, porque antes de irnos debíamos comer. Y mientras esperábamos, sugirió visitar la laguna. Y allá fuimos, con el corazón galopando como caballo, porque Gandy, Karolina y yo, no conocíamos el lugar. Y llegamos. A orillas de la ciudad, la laguna estaba quieta, en tanto las garzas, posadas sobre palos, esperaban algún pececillo descuidado. Más allá, la selva verde se abría con su algarabía de pericos. Después de hacer fotos y caminar por el malecón, volvimos a la escuela donde comimos mojarras fritas. Una cerveza, pensé. Pero recordé que ya no bebo, y tampoco es sano beber cerveza dentro de una escuela, y desistí de la idea. Después de comer, nos despedimos, porque teníamos que viajar a Salto de agua, donde trabajaríamos al día siguiente.

Llegamos casi anocheciendo. Allí nos esperaba el profesor Estalin, director de la escuela. Después de instalarnos en el hotel, fuimos a sentarnos a un balcón, donde comentamos los pormenores del día. Sin embargo, antes de que continuáramos, una tormenta cayó sobre aquella ciudad rodeada de selva. Y mientras llovía, recordé mi infancia. Y volví a sentir miedo cuando los truenos empezaron a cimbrar al universo. Después de dos horas, la lluvia cesó, y nos fuimos a caminar la plaza, donde cenamos tacos. Luego fuimos a beber café en la única cafetería de la ciudad. Y mientras lo hacíamos, Gerson y Gandy empezaron a platicar sobre aparecidos. En sus relatos desfilaron El sombrerón y uno que otro fantasma adicto al ron y al juego de dominó. Y mientras ellos hablaban, yo me sentí feliz, porque, ¿qué somos si no un puñado de recuerdos e historias? Y allí estábamos, haciendo historia, mientras hablábamos sobre aparecidos. ¿Pero qué necesidad de estar en esa ciudad desconocida para la mayoría de nosotros? La respuesta era sencilla: íbamos a compartir talleres de lectura con papás, estudiantes y profesores.

Cuando pensé en ello, sonreí porque Gamaliel Sánchez, cuando publica en Facebook sus actividades de lectura en escuelas, siempre lo hace con la frase: Lo que vive el que lee. Sólo que la imagen lo acompaña de mole u otra comida que le ofrecen los profesores. Y nosotros, más que comida, estábamos conociendo lugares. Pese a que teníamos la cintura desecha por el viaje, nos sentíamos felices en aquellas tierras de árboles verdes y ríos de aguas limpias porque, sin duda, algo bueno resultaría de aquella aventura llamada Caravanas culturales en tu escuela, que promovemos desde Acción Magisterial Artística.

Acerca redaccion2 redaccion2

Consulta Tambien...

EL AMOR. En tiempos de redes

Facebook Twitter Google+ Print Email WhatsApp No tenía ni un instante sin pensar en ella, que …

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Mundo Raro.  Caminantes del mundo

Ornán Gómez Catazajá es la tierra del manatí, dijo Gerson. Y yo me quedé pensando en que Eduardo, mi hijo, podría compararme con uno de ellos por mi gordura. Karolina Pecer, Cesar Gandy, Gerson Laparra Escalante son y yo llegamos casi al anochecer, cuando el sol descendía tras los cerros. Williams Chopin se nos uniría más tarde. Aún así, el calor hacía sudar copiosamente. Para co