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EL CUENTO. Dale fuerza Aérea Papi

Hildebrando Emilio Corrales

No recuerdo la despedida, como entre sueños avizoré que llegó uno de los señores que venden elotes y demás comestibles, articularon poca comunicación, le dio sus pertenencias, su bolsa, su extravío en el pentagrama de la lluvia, su desesperación apaciguada. He aquí la crónica no cronológica de un forastero:

En el parque, el que proporcionaba harta sombra…; ahora han ahuyentado los gorjeos; una concha acústica existe para evocarnos los puertos. Aquella noche las sillas estaban ya apiladas, pocas personas ocupando sus asientos. Desde lejos nos distinguimos, sentados al par. Completé la charla, nos saludamos. Saqué la silla de una de las pilas, de frente los viajantes al ritmo del caobo. Esa algarabía que imperaba en el anochecer tropical. Miramos largamente el suceso.

Era una iguana que no cabía en su nido el compay, un remolino de agua no alborotaba tanto, se desplazaba como si no hubiese tenido diversión, hace ya buen rato. Y fue entonces que ahí preguntó por su bolsa…  Hablábamos sobre el acta de cangarí, de canguro ahí, esa que hicieron los “mapachistas”. Los  escuadrones de la muerte hace justo un siglo. Cuando llegó a preguntar por su bolsa, ese ñero andaba alegrón, como se anda en la boda de algún sobrino. Y de repente que se suelta a platicar con Emilio Corrales, Raúl, el cuenteórico de la manada y doña Tenchi de Vera, un buen terceto para orquesta de marimba. Fue tan graciosa su primera pasarela, luego de hablar largo rato y hacer demostraciones, en directo, de baile, aludiendo que había ido a ver a Chico Ché, las veces que llegó a la ganadera municipal. Antes de acercarse a nosotros, anduvo busca y busca sus pertenencias; y mucho antes de darse cuenta de que estaban extraviadas, también recorrió el parque, más bien, los costados del antiguo kiosco. Baila y baila. Extrafalaria manera de danzar. Luciendo sus mejores quiebres, los tiempos que sus piernas esbozaban, las manos coqueteando con el aire del domingo. Luego habló de Alfredo y sus teclados, hasta se atrevió a decir que él era mejor bailarina que las que andaba el pulpo, que estaban artificiales y aguadas, que eran muy tiesas pa mover el esperpento: ésta vez sus ritmos se incrementaron, era un tipo lleno de gracias, parecía un cuatete revolcado por la noche, había hecho la insomne sonrisa. El pretexto poeliterario. Material didáctico.

Se acercó, diciendo no sabemos, reunidos en fila semicircular, a unos 25 pasos de nosotros, donde alguna vez hubo un templete de concreto. La distancia y el ambiente no permitieron escucharlo. Aún con todo, el respeto siempre permaneció. Luego habló, de lo mismo, porque fue hasta entonces donde recordé, esas contorsiones, esa liberación del grito, del grito de la carne, de la osamenta que soñamos en la neblina. La manada explotaba en risas, y no se supo más. Eran alrededor de 10 muchachos, entre ellos Teresa y Raúl Roberto, la familia que completa al clan del Cuenteórico Raúl Vera.

Y entonces recordé la anécdota de cómo en la historia, nosotros teníamos que evocar a Danilo, Vlesschower, Nangüelú: La perla del soconusco. A unos cuantos pasos la gente gastaba energías, alegremente, la bailarina se había llevado el jolgorio. Y la marimba orquesta, la penuria de ciertos asistentes a la comarca con arpegios no negociables. Era un triunfo, todo un triunfo. Tiempo después lo divisé en el mercado. Raúl me comentó esos aspectos. Laboraba allí. La bailarina dijo que Chico Ché había andado por todos rumbos del sureste, Tapachula, Villahermosa, Campeche, Arriaga, Juchitán, y no sé cuántas poblaciones más.

Fue así, hasta que irrumpió, y el acta de cagar ahí o de cangarí, se fue a la fregada. Me llamo Huicha, pero me dicen la bailarina. La gente que me conoce me dice así, con decirle, hasta mi mamá y mi papá, desde niño me dicen así. Entonces pue, yo soy la bailarina, y viera cómo me encanta la guayaba, ah, y el fruto también. De pronto utilizó las manos para señalizar algo como popote, luego algo grueso como rosca, y agregó, así eran los que nos fumábamos con Chico Ché. No las pendejadita que ahora forjan. Hasta su camerino me llevaba, era yo su sobrino pue, me rolaba el churro pa que comandara la misión, lo tenía largo rato, hasta que se lo daba yo, dale fuerza aérea, le decía yo ve, dale fuerza aérea, papi, ve, hasta papi le decía yo a Chico Ché.

Al tercer día de esa rumbeada la huicha deambulaba con cajones, cajones y un diablito muy bien pintado, su especie es de esas que dominan lo público, su territorio, sus linderos, en el mercado (investigar nombre) principal, ese domingo de Nachán tenía una reunión con algunos compañeros de la colonia, —de pronto recordó. Por el lado sur mientras bordeaba el centro interior del mercado, miró a una mujer blanca, muy anchas caderas, comprando tomates, aguacate, tortillas, la vio varias veces, su actividad rítmica es más intensa ese día, domingo de no celebración patronal, pero hay otra actividad que lo ha empezado a cautivar, le ha empezado a exigir mayor disciplina, la huicha sabe muy bien que no debe invertir más de sí, pero le ha dado por redecorar drásticamente y distribuir distinto todo en ese espacio de su cuarto, lo renta ya desde hace 9 años. Le llevó tres meses terminar de forjarle el nuevo rostro. Pero esa rubia argentina de 51 años, rebosaba instinto de placer, quería disfrutar su estancia en el poblado, su faca era de que iban a las ruinas o a nututún. No había de otra, quizá Roberto Barrios, hermoso aguaje pierde, nivel, se vuelve ojo de luna cristalina, ojo de cielo intenso, verdor de todas las edades, agua, rumbo al mar. La huicha recordó a una rubia varón, no era argentina, pero rubia exuberante, encamable dijeran los paisas: esa rubia que se atravesó justo su padre rompía la tímida protesta. Agonizaba a causa de una neurisma. Justo ahí descubrió que la antesala de la muerte son los pasadizos de los hospitales populares. Un museo de enfermedades, una colección de enfermedades, un subgrupo de caciques industriales sobre la piel de las ciudades, en donde existe la cura, mas no la atención. Recordó la primera y última vez que acudió con la familia, desde su última recaída de año y medio atrás, cinco horas para que pasara a consulta, y en menos de 20 minutos saliendo con 3 hojas, para que pasase a pagar las 5 medicinas que ahí le recetaban, medicinas comunes, una sí muy cara, la de las ampolletas. Jamás volvería a ese lugar. Emuló a todo ciudadano estadounidense, sistema de clínicas privadas. La arista de obsidiana surcando el rostro de toda una familia asediada por oscuras estadísticas. Repleto el lugar de signos moribundos, muchachas de 13 años embarazadas, poetas agobiados del hígado por tantos premios o por estar satisfechos de fundamentalismo. Pastores que son golpeados a diario, por la infidelidad a la que arrastran a sus feligresas. Curas indigestos en la semana “santa” por exceso de butifarra, longaniza y derivados. La sala de espera donde todos esperan morir sin previo aviso. Sin sustancia que pueda ser retenida aquí, el lugar de los vivos. Al bajar del taxi esos 3 integrantes oxigenados por la memoria, por el abandono, se resignaron a no decaer ante toda esta desgracia inexorable.

Ifigenio del Rosal Hernández, de renombrada presencia social, ahora sabía que era irremediable no sufrir, no sentir la inexistencia. En mil novecientos sesenta y siempre, su bisabuelo alguna vez le contó que en la época de su juventud, las nociones de la noche diezmaban, que el carácter solidario de la gente reanimaba a los sufrientes, a los agolpados en la invisibilidad; despedía con amor a los insalvables. Don Sóstenes del Rosal Lacroix le contó que era tanto el dinero que abundaba en la familia, pero que casi no se gastaba mucho, no por codicia, sino más bien a causa de que no existían tantas cosas para comprar. Por eso cuando alguien recaía, la comunidad solventaba su recuperación, o su apacible despedida. Ifigenio se sabía diametralmente opuesto como en el electrón, a los protones de la vida ni con teletransportación, Ifigenio que ahora miraba regresar a la huicha, un domingo sin paisaje, esta vez sin paisaje. Ifigenio que ahora no recordaba si era octubre o diciembre. Con la única certeza de no morir tan angustiado le dijo — fijate tú que el próximo se casa Némesis del Carmen, muchacho fuereño, desconocida profesión. Vino a invitarnos hace una media hora.

Martes al amanecer casi, lleva rumbo al mercado, un joven con capucha se le acerca y velozmente le coloca un sobre en el bolso de la chumpa que lo abriga. Se torna distante, se torna imágenes de un sueño otoñal, es una huida, es un mensaje dejado para él, ese joven raudo que ahora ya no divisa. No le toma importancia. Pero el sueño le ha dejado en las 4 esquinas, ya muy cerca. Al destrabar el día ya está avanzada la chamba, la primera fase, donde los clientes no abundan, donde lo oscuro ofrece sus vendimias a los animales urbanos. Acarreo de tomates, cebollas, plátanos, aguacates, cilantros y un extendido etcétera. Luego el desperdicio y lo que se genera durante la faena…

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