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Mundo Raro. Un viaje con artistas

El Derby de Gerson era blanco, como el caballo que José Alfredo Jiménez describe en El caballo blanco. Hace años escuché que Jiménez compuso el corrido pensando en un coche, y no en un caballo como se supone. El cantante andaba estrenando carro, me dijeron. Y, bebiendo, como era su costumbre, emprendió un viaje de donde nació El caballo blanco. Así que cuando Gerson Laparra Escalante llegó a bordo del Derby, yo pensé que, como José Alfredo, emprenderíamos una aventura similar.

Cuando salimos de Tuxtla, del asfalto subía un vaho ardiente y no había ni un poquito de aire que nos refrescara. Más allá, por el Mactumatzá, el sol empezaba a declinar, dotando el paisaje de un rojo sangriento. Pese a ello, el calor nos hacía sudar a mares dentro del coche de Gerson, que minutos antes pasó por nosotros en Soriana oriente, en Tuxtla Gutiérrez. Yo llegué primero, después Gandy, luego Karolina Pecer y por último Gerson. Después de saludarnos, subimos al vehículo y emprendimos la marcha hacia Huixtla, donde el profesor David nos esperaba, porque un mes antes nos invitó a su escuela. Y allí íbamos, comentando los pormenores del viaje a Lacanjá y a Salto de agua, que hiciéramos una semana atrás.

Y mientras Gerson conducía, Cesar Gandy contaba un par de chistes costeños. Después les pregunté si habían comido, y dijeron que no, aunque yo sospeché que sí. Pese a ello, les dije que comeríamos en El perro negro, allá en Tonalá. Y mientras avanzábamos, pensé que era demasiada coincidencia que hubiera recordado dos corridos de José Alfredo Jiménez: El caballo blanco y El perro negro.

Por el rumbo de Cintalapa, que es una ciudad ardiente y pequeña, las planicies con sus montículos de fondo se abrían ante nuestra mirada de asombro. En el cielo había una especie de neblina espesa. Sin embargo, cuando pusimos más atención a ello, descubrimos que era humo, resultado de los incendios que había por allí. Y mientras el coche avanzaba, como lo hiciera el caballo de José Alfredo Jiménez, la oscuridad empezó a descender sobre la tierra. Y con ella, el aire se puso un poco fresco, mientras parvadas de garzas atravesaban el cielo en busca de lugar donde guarecerse.

En la naciente penumbra, los cerros eran como atlantes ascendiendo del inframundo con su ira a cuesta. Y más allá, en el inicio de La sepultura, que es una reserva ecológica, Gandy descubrió un incendio que estaba arrasando pastizales y árboles. Mientras él señalaba con gesto de horror en la cara, Karolina peleaba contra el viento que se colaba por la ventana y que le alborotaba el cabello. Y mientras el cabello de Karolina se arremolinaba sobre su rostro, Gerson aceleraba más, porque, decía, quería llegar temprano a Tonalá, donde comeríamos.

Y empezamos a descender La sepultura, desde donde se apreciaba un paisaje digno de retratarse: en primer plano, nubes aborregadas. En segundo, montañas altísimas y oscuras. Más allá, un sol cansado, descendiendo.

Minutos después llegamos a Arriaga, que nos recibió con un aguacero impenetrable. Y allí, Gerson mencionó que, del parabrisas, estaba cayendo agua. ¿Acaso llegaríamos a Huixtla nadando? Reímos. Nuestro Derby, como el caballo de José Alfredo Jiménez, estaba lastimado. Así que nos paramos en una gasolinera y tratamos de parchar con nailon el parabrisas que, por culpa de alguna piedra, venía estrellado. Sin embargo, fue en vano, porque la fuerza del viento arrancó el nailon y siguió goteando. Aún así, llegamos a Tonalá y fuimos a meternos al Perro negro.

Pedimos una ensalada de camarones y otra de camarones al natural. Y mientras algunos cantantes arrancaban gritos a los parroquianos que empinaban cerveza tras cerveza, nosotros comimos como si no lo hubiéramos hecho en semanas. Y para acompañar los camarones, Gerson pidió un Mundet. Karolina y yo agua mineral. Gandy, una cerveza. Y después, cuando dimos cuenta de los camarones, pedimos más, porque aún teníamos hambre. Y los meseros dijeron que no, porque las cocineras ya habían cerrado. Y pese a que rogamos, no conseguimos un plato más. Para qué vienen tarde, rezongó el mesero mientras le descargábamos una mirada rencorosa. Y mientras un cantante imitaba a Juan Gabriel, nosotros salimos del local. Y fuimos a buscar un Oxxo, porque deseábamos beber café. Y después de beber un par que acompañamos con panqué, continuamos nuestra caminata. Barriga llena, corazón contento, recordé que decían los abuelos. Y el Derby avanzaba a ciento veinte kilómetros, como el caballo blanco de José Alfredo Jiménez. Y mientras Gerson hundía el acelerador, yo le hacía plática para que no fuera a dormirse, y termináramos en algún potrero entre vacas y caballos.

Una hora después, dejamos atrás Pijijiapan y otros pueblos que nos recibieron con su aire caliente, además de que aquella quietud envuelta en una noche tranquila. Más allá, quizá por Escuintla, Gandy preguntó si la cámara podía sacar fotos a la luna, que estaba redonda y gorda. Le dije que sí y, me puse hacerle fotos, porque intuí que a él le gustaría tener una foto de ella. Se lo regalará a su esposa, pensé. Aquí te traigo la luna de Huixtla, le diría. Y su esposa sonreiría y le daría un beso. Y traté de hacer las mejores tomas, aunque el Derby avanzara a ciento veinte kilómetros por hora. Aun así, hice algunas. Y cuando se las enseñé a Gandy, el sonrió complacido. Y yo me arrellané orgulloso en el asiento del copiloto.

Y empezamos, de nuevo, la charla. ¿Quién nos mandaba a viajar por aquellas carreteras a esas horas de la noche? Nadie. Lo hacíamos por el gusto de compartir nuestros talleres de lectura como Acción Magisterial Artística. Y lo hacíamos porque éramos arriesgados y aventureros, les comenté. Y ellos sonrieron, como asintiendo. Y cómo no, si iba con un cuentacuentos, un cantautor, una tallerista, además de profesora. Todos, a su manera, artistas. Y el arte es libertad, pensé. Por eso a muy pocos le gusta el oficio de promover la lectura. Y quien lo hace, lo realiza con la convicción de que tiene que moverse hacia donde el viento se mueva.

Después de unos minutos llegamos a Huixtla, y fuimos a hospedarnos. Antes, nos quedamos mirando la luna, que ahora estaba a mitad del firmamento, mientras que el pueblo se hundía en aquel silencio espeso, parecido con el que Juan Preciado se topó cuando llegó a Cómala, en Pedro Páramo de Juan Rulfo. Y mientras la luna seguía ascendiendo en el firmamento, nos fuimos a acostar, porque en un par de horas tendríamos que ir a la escuela, donde el maestro David nos esperaría. Antes de quedarme dormido pensé que el caballo blanco de José Alfredo Jiménez, bien podría ser un coche, como el Derby de Gerson, que nos había llevado hasta esa ciudad.

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 Ornán Gómez El Derby de Gerson era blanco, como el caballo que José Alfredo Jiménez describe en El caballo blanco. Hace años escuché que Jiménez compuso el corrido pensando en un coche, y no en un caballo como se supone. El cantante andaba estrenando carro, me dijeron. Y, bebiendo, como era su costumbre, emprendió un viaje de donde nació El caballo blanco. Así que cuando Gerson Laparr