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Robocop en Toluca. ¿El futuro de México?

Rodolfo Uribe

El antropólogo Clifford Geertz demostró que las actividades públicas de diversión son lo que llamó “un juego profundo” donde se ponían en juego y, al mismo tiempo, se simbolizan y materializan los contenidos, las formas de relación y las jerarquías importantes para ese grupo social. Este formato de análisis se puede aplicar fácilmente a cualquier evento de la sociedad moderna. En la tesis de doctorado en Sociología de Gerardo Orellana, de ciencias políticas de la UNAM, “el aficionamiento a los Pumas”, se pudo aplicar muy exitosamente para describir los partidos de futbol de domingo en Ciudad Universitaria. De manera más simplificada y rápida, sorprendido por la transformación de una sociedad provinciana, quisiera compartir con ustedes mis observaciones en este mismo formato sobre lo que pasa en la capital del estado más poblado y con mayor producto interno bruto después del D.F., del país. Un estado que siempre se ha considerado a sí mismo, no el “corazón” de México, sino su “cerebro” y su más avanzado centro industrial. Ni necesidad hay de mencionar que el actual presidente surgió de ahí y sobre todo de su élite política caracterizada por su larga duración en el poder como un grupo homogéneo que, aunque acepta que advenedizos lleguen a encumbrarse y hasta transformarlo, como el famoso profesor Hank González. Quizás el concepto antropológico más adecuado para describirlo sea -remitiéndonos hasta Morgan-, el de clan.

Anteriormente, quizás hasta los años 90, antes del período en que el Toluca se convirtió en un equipo ganador y goleador (1998-2005), el domingo de futbol en Toluca era la escenificación de lo que la gente del D.F. podría calificar como la “ingenuidad provinciana”. El estadio, “la Bombonera”, por su parecido con el estadio así llamado en Buenos Aires, una caja rectangular, tenía fama por la muy estrecha cercanía entre la tribuna y la cancha, y que, aunque había una barda muy baja, sobre todo en los laterales, no había una reja o nada que impidiera que el público se bajara a la cancha y sin embargo, no se recuerda ninguna invasión desordenada o problemática de la misma por parte del “respetable”. Y de la misma manera, hacia arriba, la cercanía se reproducía respecto a las gradas superiores, en donde invariablemente acudía, luego de misa, justamente los más importantes miembros de la élite política y económica del estado sin ningún tipo de barrera en esa sección. En las cabeceras se agrupaban siempre bullangueros, escandalosos, los sectores más populares de la población del “Estado” (como acostumbran llamarlo los nativos), encabezados por los taxistas que terminaron conformando su porra llamada “La Perra Brava”, y que al iniciarse la imitación de los procesos de las barras argentinas, por interés de los empresarios de la federación mexicana de futbol (ver la tesis mencionada), se llegaron a hacer más agresivos pero,  sin actos violentos contra las porras visitantes, ni invadiendo cancha a pesar de las características del estadio. La asistencia al estadio, que con los años fue incorporando a mujeres y a niños, iba seguida invariablemente con una comida, que ahí sí, según los ingresos o gustos, separaba a los asistentes entre los restaurantes finos de entonces, algunos en lo que sería luego el Paseo Tollocan, o entre los puestos y fondas a lo largo y en los alrededores de la avenida Morelos, porque -hay que mencionarlo- el estadio es uno de los pocos que todavía está en el mero centro de la ciudad.

Parte integral del espectáculo, o incluso llamaríamos integradora, era la narración principalmente por radio, pero también por televisión, porque los mismos locutores se intercambiaban, la cual era seguida como si fuera cadena nacional en todos los pueblos del “Estado”; pero sobre todo porque muy a propósito, en la narración se incluía la mención de quienes asistían al estadio, y se hacía también, con interés comercial, pero también festivo, la mención de todas las fiestas y actividades populares que se estuvieran llevando a cabo ese fin de semana en todo el “Estado”. La transmisión, además, se hacía desde la mitad de la tribuna, lo que permitía sentir directamente su ambiente a los escuchas. Todo esto, y casi todo lo que ocurría, estaba cubierto bajo el patrocinio de una cervecería propiedad del dueño del equipo, que, para completar el cliché, por supuesto eran español. A la muerte del patriarca de la empresa se le cambió el nombre al estadio, pero aún, como ocurre con el Azteca, la gente se resiste a llamarlo con el nombre de una persona. El estadio es propiedad privada de uno o varios empresarios, pero la gente, simbólicamente, en una dinámica natural e imparable, se lo apropia.

El cambio más evidente es, por supuesto, que coincidiendo con el centenario del equipo en 2017, se reconstruyó el estadio, y del diseño simple que se tenía, se pasó a una copia de un estadio italiano, si la memoria no me falla, el de Génova, en donde en las esquinas se construyen sendos edificios hacia el interior para generar unos espacios totalmente separados del resto de las tribunas, con muy pocos palcos y una pequeña cabina de transmisión. Esto marca la línea general del nuevo diseño: la segregación. Aunque la cancha sigue estando igual de cerca de las tribunas, ahora hay un discreto enrejado. Pero, sobre todo, los accesos se dirigen desde la calle, exclusivamente, a una sección determinada sin que adentro haya posibilidad de moverse de un espacio a otro. Las secciones están claramente diferenciadas por los precios que, en general, son ahora altos y muy altos, con lo que incluso, “por arte de magia”, se nota que subió el nivel socioeconómico de la “Perra Brava” a la que se le sigue asignando la cabecera tradicional que, en el nuevo diseño, es también la más barata, pero menos que antes. Y en esta lógica de segregación, ahora se le asigna, en la cabecera contraria, una esquina a los partidarios del equipo visitante. Llama la atención que en una de las laterales no construyeron tribunas arriba, sino sólo en la parte baja, pero para mantener el diseño de edificio cerrado, de caja, llenaron el espacio con un inmenso mural fotográfico que reproduce imágenes de los campeonatos nacionales obtenidos donde resaltan, por sobre los jugadores (ni siquiera se distinguen Vicente Pereda o Saturnino Cardozo), los empresarios sosteniendo uno de los trofeos obtenidos.

Hasta aquí, el cambio es que el propio nuevo diseño del estadio establece ya una segregación muy rigurosa, quedando totalmente aislados los palcos que suponemos de la élite local, ahora separada por verdaderas paredes del resto de la afición que da una sensación de “bunkerización”. Y, sin embargo, al estar en las esquinas, sin la mejor perspectiva y alejados de la cancha. El precio de lo que Henrich Böll llamaba el asedio preventivo. Pero lo que produce una mayor impresión es, tanto en el ingreso del estadio, pero, sobre todo, a la salida, en las calles aledañas, la abrumadora presencia de todo tipo de policías, de todo tipo de corporaciones. Desde el personal de seguridad que revisa, jóvenes, la mayoría mujeres con camisa blanca, muchos granaderos con todo el equipo en las tribunas, casi uno por fila en las localidades más baratas. Otro grupo más discreto, también con muchas mujeres, que al salir del estadio se despojan de sus uniforme negros para concentrarlos en una camioneta sin ningún distintivo. En la avenida Morelos policía montada en grandes caballos y con modernas armaduras antibalas que les da aspecto de caballeros medievales. La presencia también de una impresionante camioneta blindada que anuncia que es del mando único de la policía estatal. Y cientos de policías en formación marchando a lo largo de toda la calle para forzar de manera casual, sin instrucciones ni empujones, el desplazamiento de la gente que de buen humor y pacífica sale sin prisa. Y por encima de todo, imponiendo el tono, un helicóptero con una sirena a todo volumen y con un policía colgando de la puerta como en una situación de emergencia rodea y vuela rasante en las calles que rodean al estadio, con lo que se genera un fuerte contraste entre una masa de gente alegre, casi toda vestida de rojo, en donde se mezclan sin ningún problema las camisetas amarillas del visitante (el Morelia), frente a un clima de ocupación militar masiva de hombres y mujeres fuertemente equipados. Y, como si esto no bastara, al final del partido, en las pantallas gigantes, se anuncia una corporación de seguridad diciendo que el nuevo estadio es el estadio más seguro de todo México.

Con la imagen en las calles al estilo de la película Robocop -el gobierno de una ciudad por una corporación policíaca-, que rodea el estadio, uno recuerda que está en el estado con más feminicidios, más asesinatos, más extorsiones y más secuestros del país. Es también el estado con más corporaciones policíacas. Pero ese fuerte despliegue de seguridad en el centro de la ciudad capital del estado, no es contra la delincuencia organizada, sino para el control de una muy tranquila multitud de veinticinco mil personas, casi un tercio de ellas niños, que se divierten un domingo al mediodía. Una masa que ni siquiera se enoja porque su equipo ya no sepa ganar y se deje empatar al último minuto.

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