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EL RELATO. Réquiem

Gilberto Méndez Espinosa

Un frío de los mil demonios. Temblor de cuerpo, dolor de huesos, depresión abismal. Soy la llaga fúnebre del viento. Los remordimientos me hacen padecer la zozobra del mundo.  Comprendo la metamorfosis de Kafka. Todo mutante es extraño, sufre segundo a segundo. La fiebre es temporal o eterna, según el cuerpo que la padece. Un pájaro negro posa sobre el respaldo de la cama. Lo veo de reojo. ¿Es un  cuervo? No sé, da lo mismo. Hurga bajo mi almohada. Me siento en el borde de la cama. Intento escribir en mi diario. No se me ocurre nada.  Grito desesperado. Nadie acude a mí. Sollozo como un niño. Mi voz se ha vuelto afónica, ríspida.  Llegaron a visitarme. Se oye el bullicio. Alguien pronuncia mi nombre. Siento un ligero alivio. Pronto se van. Ironías de la vida, mi hermano llegó con su esposa por otro asunto. Se van pese a que María los alerta de mi delicada salud. Los amigos se cuentan con los dedos de la mano, incluyendo el meñique, a veces, sin él. Tan sarcástico y depravado el subconsciente, como la agonía que cimbra al fondo de la mirada.  Estoy pendiente del teléfono, aun sabiendo que nadie llamará. Llueve. La lluvia refleja sombras del otro lado de la ventana.  Mi mente es una conjunción de frases enredadas. María se ha ido. Amo a María, y se lo he dicho. Ella le da por agradecer mis adulaciones y se escabulle con otro tema. Sabe que a mi edad y con los achaques constantes, no podría aspirar a tener una mujer hermosa como ella. Mis sueños se han desplomado como una avalancha de nieve al abismo. Me levanto, visto el abrigo y la boina que cuelgan en el perchero y salgo de la casa. Los nervios apuntalados en mi cerebro hacen parecerme un zombi desterrado del infierno. Camino a tientas, sitiado por seres extraños, del inframundo. Mi piel cuelga por el peso de los años. Nada pudo desintoxicarme del rencor. El tiempo, encharcado en el espasmo, se consume en silencio, como yo. Llego a lo alto del precipicio. Tiemblo. Como un árbol fulminado por un rayo, caigo al suelo. Llegan aves carroñeras donde yazgo tirado. Intento levantarme. Es inútil, todo en mí se ha vuelto tan rígido como una roca. Un hilo de sangre escapa en la comisura de mis labios. Gusanos pululan a lo lejos. Sus pasos producen un ruido musical en mis oídos; se acercan al festín. Quedo, muy quedo, alguien trepa sobre el lomo de mis sueños. Más allá diviso un punto que parece la salida de un túnel. Avanzo. Antes de perderme, volteo a mis espaldas. Un desconocido vela mi funeral.

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