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SAN MATEO TEPANTEPEC. LO QUE VIVE EL QUE LEE

Gamaliel Sánchez Salinas

Para Angélica Ambrosio, Jaime Cruz Santiago, Nelly Gallardo Arrazola, Amado Gilberto Sánchez Aparicio, Judith Arteaga, Alejandra Acevedo y Edith Nieto

La camioneta del director subía y bajaba los cerros con lentitud. El camino semejaba una serpiente infinita. Aún el sol no aparecía. “Nosotros en la comunidad trabajamos con el ‘horario normal’, allá no hay cambio de horario”, me dijeron. Sonreí para mis adentros y pensé: Comenzamos bien. El paisaje de la sierra deslumbraba mis ojos tropicales. Los árboles, altos, altísimos. Las laderas parecían no tener fin. Conforme subíamos la temperatura bajaba. “Y más arriba, hace más frío”, me informaban con lógica simple las compañeras.

Pueblos pintorescos aparecían en el camino. “El Gachupin”, me pareció el más lindo. Ahí el director se detuvo en una tienda y preguntó si había café. No, fue la respuesta. El ascenso continuó. “Ya mero llegamos”, me dijeron después de dos horas de sinuoso y empinado camino. Tuvo que pasar más de media hora para que llegáramos a nuestro destino: San Mateo Tepantepec, enclavado en la Sierra Mixteca del hermano estado de Oaxaca.

Bajé de la camioneta con deseos de estirarme. Entonces puse atención en el paisaje: Los cerros, elegantes, rodeaban el pueblo. Ataviados con blancos mantos de neblina parecían darme la bienvenida. Agradecí emocionado. Luego recorrí la escuela Telesecundaria. Estaba ahí gracias a ella y a sus maestros. “Antes vamos a desayunar”, amenazó el director. Y todos, las maestras también, enfilamos tras él a una casa cercana. Nos recibieron amables. En el fogón, las tortillas hechas a manos se esponjaban. En tazones, con los que acá regularmente tomamos caldo, nos sirvieron chocolate, café y atole de avena. Lo que nuestro gusto determinara. Estándar que soy; bebí de todo.

Me sirvieron tortillas untadas con frijol y asiento (Ahí me enteré que “el asiento” es manteca de cerdo), que le da una sabrosura única. Acompañaron las deliciosas tortillas de caldo de frijoles y “un montecito”, que la tarde anterior las compañeras y el director habían cortado “para que yo lo probara”. Tosco que soy, me ruborizó el detalle y le entré con vegetariana enjundia. Su sabor me trasladó a la infancia mía, en la costa chiapaneca, donde la dieta cotidiana estaba compuesta por este tipo de “montecitos”, que mi padre traía de sus incursiones al río. A mí me supo al bledo de mi infancia. Todo fue de una melancólica deliciosidad.

Los maestros habían acordado que trabajara primero con los grupos B. Alisté mi material y me presente al 3er grado. El Mixteco es su lengua materna. Los percibí serios, huraños al principio. El ánimo era apenas una mueca en sus rostros. Y como pa’ que la cuña apriete tiene que ser del mismo palo, tomé el cuento “El flojo que recibió dinero en su casa” de origen mixteco y el hielo se rompió. De ahí todo fue sobre ruedas. Leímos y escribimos, la maestra del grupo participaba también de manera natural. Con los otros grupos, ya con ciertos elementos de la comunidad estudiantil detectados, me fue más sencillo el proceso introductorio, por llamarlo de alguna manera. La risa y el entusiasmo serranos, llegaron a nosotros. Finalizada la jornada fuimos a la comida.

El centro del pueblo se encuentra como a dos kilómetros de la Telesecundaria. Casas construidas a la orilla del camino, en plena ladera, donde la ingeniería local desafía la ley de gravedad de los precipicios. En una de ellas han preparado un rico mole. La charla de sobremesa, es un ejercicio de reconocimiento. El Colectivo Docente de la escuela en un grupo diverso, pero unido. Militantes todos de la CNTE, unos más convencidos que otros. Pero todos coinciden que hay que romper con el carácter aristocrático de la lectura y la escritura en las aulas, que alumnos y maestros tenemos que apropiarnos de ellas.

Terminada la comida volvemos a la escuela a una charla taller con los docentes, nos acompaña un maestro de la primaria que se ha integrado al grupo. Platicamos sobre los beneficios de la lectura en voz alta, sobre algunas recomendaciones para leer de esa manera. Hablamos de los cuentos de hadas y de lo que los psicoanalistas dicen de ellos. Leímos cuentos, escribimos y, claro, se leyó lo escrito. Ah, también leímos poesía. En la charla cada uno, hurgó en sus recuerdos infantiles y adolescentes sobre la experiencia personal con la lectura y el papel del maestro. Todos coincidieron que el maestro que les leía, les conversaba, dejó impronta entrañable en ellos. Como no había luz, se encendieron las velas. El frío comenzó a calar, bajé las mangas de mi camisa y subí el cierre de mi chaleco. Un vasito pequeño de mezcal de nance me dieron. ¿Quién dijo frío? Terminamos con la celebración del cumpleaños de la compañera secretaria. Pastel, chocolate y fotos a la luz de las velas.

Al día siguiente, cuando me alistaba para salir e iniciar el trabajo, el director se apareció con una tortilla calientita con frijoles, que acompañé con atole de avena. Y otra vez la reminiscencia infantil. Recordé, cuando niño, dueño de un hambre eterna, por las tardes, tomaba una tortilla, metía la cuchara al caldo de frijoles y sacaba una generosa porción de granos y la colocaba en la tortilla y devoraba gozoso.

El trabajo con los grupos fue excelente, el 2do grado A, me sorprendió por su rápida integración a los trabajos. Dispuestos y participativos caminaron conmigo, todos al mismo ritmo, a la par de cualquier escuela citadina y privada, he estado en algunas. Me solacé con mi descubrimiento. Terminé la faena con el 3er grado. Platicamos, leímos y escribimos, no sé por qué sentí el deseo de leerles un cuento mío a ellos. Parece que lo disfrutaron.

En la comida de despedida, a la hora del amable protocolo, como siempre me faltaron las palabras. Una camisa linda que me dieron de obsequio me convirtió en emotivo mudo. De regreso a la bella Oaxaca, disfrutaba de esos momentos en la sierra. Y sí, adivinaron, me decía: “Lo que vive el que lee”.

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