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¡ES LA CULTURA MEN! De como los neoliberales y el narco ganaron la guerra en México

Rodolfo Uribe.

“Escúchame bien, imbécil. Si el Tesoro tiene importancia, la vida humana no la tiene. Está claro. Todos los que piensan como tú deben admitir este razonamiento y considerar que la vida no vale nada, ya que el dinero lo es todo. Entretanto, yo he decidido ser lógico, y como tengo el poder, veréis lo que os costará la lógica.”

         Albert Camus, Calígula.

 

El lema de la UNESCO dice que las guerras se forjan en la mente de los hombres y por eso se decidió generar un organismo internacional que impulsara la cultura como valores de paz y fraternidad entre toda la humanidad. Leída a contratrama, al revés, esta idea también nos dice que las guerras se ganan en la mente de los hombres. Hace poco un periódico estadounidense criticó al presidente de México porque “no entendía que no entendía”, que es una explicación de lo que significa ser ignorante bajo los nuevos parámetros de lo que también se llama ser analfabeto funcional, al estilo de Vicente Fox. El filósofo Slavoj Zizek publicó hace poco un libro que se llama “Por qué no saben lo que hacen”, en todos estos casos se hace referencia al ejercicio de la opinión que desconoce cuales son los fundamentos con que arma su visión de mundo y argumentación.

La cuestión es que existe la cultura a dos niveles: El primero;  como la forma espontánea con que cada persona entiende e interpreta al mundo según su entorno, información y estudios básicos. El segundo, es la cultura como el resultado de la reflexión del mismo actor, sobre éstos elementos, y su reelaboración consciente, teniendo en cuenta, además, el contexto externo que lo rodea. De esto ya hablaba Gramsci, cuando decía que por un lado tenemos todos un sentido común donde se mezclan las creencias religiosas recibidas, la lectura de periódicos, los chismes de cocina y alcoba de nuestro entorno, las palabras de nuestros mayores, los contenidos escolares que pueden o no incluir el conocimiento, implícito o explícito, de filosofía. Y, cabe agregar ahora, los medios de comunicación de todo tipo. Mientras por el otro lado, todos somos potencialmente filósofos, porque tenemos la capacidad de inventar, generar nuestras propias mezclas de ideas y conclusiones. Lo que Kant llamaba “espontaneidad” y ahora acostumbramos llamar “subjetividad” o “autonomía intelectual”. Gilles Deleuze explica como Francis Bacon demostró que finalmente pensamos y conocemos gracias a que tenemos una actividad intelectual que genera un espacio virtual, no material, que no depende de bases biológicas materiales, que es el de la imaginación. Pero además de ser este espacio en donde pensamos las cosas y creemos en su existencia y el cómo creemos que existen, es una capacidad y una propiedad básica del intelecto: poder imaginar.

Sólo así, por ejemplo, podemos comprender, sin subirnos a un avión que llegue tan alto como para ver la curvatura de la tierra, que la tierra es redonda. Lo mismo cuando creemos que lo que aparece en la televisión “es real”. Que aceptamos todo tipo de ficción, sea la novela que leemos, la leyenda que nos cuentan los viejos, el chisme de nuestros amigos, la existencia de Dios, hasta las teorías de la física que están basadas, desde principios del siglo XX, casi meramente en demostraciones matemáticas sin posible verificación física o material. Hoy, cuando se promueven y avanzan las ideas de que no existe la evolución de las especies, de que la tierra es plana, de que las vacunas son malas y la homeopatía no sirve, estamos ante un esfuerzo deliberado de reducción de las capacidades de raciocinio y de este espacio y ejercicio de la imaginación porque el éxito de estas campañas parte de afirmar, en las gentes, que sólo crean en las evidencias inmediatas y unívocas y funciona, entre otras cosas, porque la gente tiene muy pobres conocimientos de lógica. Entonces todas sus argumentaciones tienen en común adolecer de mala lógica e incapacidad de comprensión de la complejidad inherente de los procesos naturales (la tierra es plana porque no se caen las cosas ni ruedan si no las empuja uno, ¿Cómo es posible que haya tantas cosas si no las hizo un arquitecto universal? No es posible que, al meter una dosis mínima de un virus, el cuerpo reaccione generando anticuerpos, o que al meter al cuerpo un elemento con las mismas características de un malestar se genere una reacción de defensa contra él por parte del mismo cuerpo).

Y el problema es que la cultura, que puede siempre discutirse y reformularse como un proceso normal y natural, puede también ser degradada de manera voluntaria y perversa. Lo mismo que manipulada para imponer contenidos unívocos y falaces como para generar condiciones de ventaja para el dominio de grupos particulares. El ejemplo va desde lo que ahora sabemos que fue la invención de la idea de “razas” humanas para darle una justificación a la explotación colonial europea. De ahí la cuestión evolucionaría hacia las actuales justificaciones de que si alguien no tiene éxito económico es por su propia incapacidad y falta de esfuerzo y no por estar enmarcado en un grupo históricamente despojado de las condiciones autónomas de producción de satisfactores para sus necesidades o para competir.

El convencer a un grupo de que el mundo es de determinada manera, el lograr imponer en una sociedad una sola concepción o una concepción dominante de cómo son o deben de ser las cosas determina las aspiraciones y las metas, objetivos y medios posibles que se plantean los individuos que viven en esa sociedad. Es lo que Gramsci llama hegemonía. El contenido de tal hegemonía puede imponer el dominio pacífico y hasta recibido y participado de una manera entusiasta de por parte de los dominados. Es el caso del fascismo italiano, por ejemplo, donde, según una anécdota que me contara mi maestro Carlos Quijano, de su visita en los años 30 del siglo pasado a Italia, un taxista le explicara que los italianos “estaban condenados al entusiasmo”. De otra manera y por otros medios, también sería lo que movilizaría a los alemanes a dejarse arrastrar a la guerra y a cometer las salvajadas imaginadas por los nazis. Pero al mismo tiempo, es lo que hace que aceptemos pagar impuestos excesivos sin una supervisión transparente, lo que hace nos neguemos a divorciarnos teniendo una vida marital insoportable o lo que, a lo largo de 80 años, los mexicanos hayamos aceptado pacíficamente. Los fraudes electorales, por ejemplo.

En México, hoy tenemos dos formas de hegemonía cultural que nos están dominando: por un lado, aunque supuestamente existe una “guerra” policiaco militar contra el narcotráfico, sus contenidos culturales en una mezcla con contenidos “de lo norteño” dado el origen de la mayoría de empresarios históricos de esta actividad, y dada la necesidad de exportar a Estados Unidos para realizar la ganancia, se han impuesto a lo largo de todo el país. Tiene su parte visible evidente que es por ejemplo la música de los narcocorridos y el vestir al estilo “norteño”. Pero tiene contenidos morales, de conducta, de ética y objetivos sociales y existenciales que están siendo compartidos por la población que no participa directamente en la actividad delincuencial. Y que, además, coincide en mucho con los contenidos morales, éticos y de objetivos existenciales de la otra forma cultural que es la del neoliberalismo. En ambos casos, la hegemonía se manifiesta tanto por su exhibición mayoritaria en actividades públicas y medios de comunicación, como por el hecho de que quienes participan de estas culturas (el antropólogo Claudio Esteva Fabregat para estos casos hablaba de “subculturas”) no se dan cuenta de que lo que hacen está determinado por los formatos e ideas básicas de ellas.

Una manifestación muy evidente, donde entroncan ambas subculturas, es la ambición y forma de vida de los “Mirreyes” que ha explicado y expuesto el investigador Ricardo Raphael. Consiste en despreciar la cultura del trabajo y a los trabajadores y lograr llegar y mantener una existencia de altos niveles de ostentoso consumo, sin preguntarse sobre el origen, casi siempre ilícito o abusivo de los grandes recursos que disfrutan. Ahí, incluso en los mismos “antros” y zonas turísticas exclusivas (la idea de exclusividad es importante para ellos) coinciden tanto los hijos del líder de PEMEX, los hijos de los políticos con supersueldos y que desvían dinero o reciben grandes sobornos como casas blancas, o que participan de las ganancias de la delincuencia organizada como los exgobernadores Duarte de Veracruz y Chihuahua, y Borges en Quintana Roo, y los de Tamaulipas y Coahuila, etc., con los hijos de los capos de los narcotraficantes, lo mismo que de los grandes ejecutivos de las empresas trasnacionales y sus filiales, además de los de los capitalistas beneficiados con las condiciones monopólicas de las privatizaciones del mexicano “capitalismo de compadres”.

La ideología neoliberal tiene como base la reducción del ser humano a ser meramente un ente económico individual, cuyas capacidades intelectuales se reducen a los cálculos para maximizar sus “ganancias” en cada intercambio de todo tipo con todo otro individuo ya sea en lo afectivo, lo amoroso, lo ético, lo simbólico, lo sexual, lo cultural, lo político. Y, por lo tanto, todos los otros individuos, madre, esposa, hijos, hermanos, amigos, son medios para obtener esa maximización. Es decir, se trata de usarlos y de abusarlos para la satisfacción individual incrementada. Así, vuelve todo economía y somete todo a las reglas y lógicas de la economía. Y, por ejemplo, la vida humana, la ecología y la vida en general pierden toda importancia, porque lo único que importa es la contabilidad.

Pero el carácter hegemónico de una ideología queda más claro, no en que quienes participen en estas actividades o disfruten de sus beneficios tengan estas ideas, sino, sobre todo y, ante todo, en que quienes son explotados, afectados y abusados por estas actividades, comparten y justifican las mismas ideas. Como en la obra de teatro Calígula de Albert Camus, quien rige no es una persona, sino una lógica y el sometido pierde cuando acepta y se somete a dicha lógica.

En el contexto de las elecciones actuales en México, un ejemplo de la manipulación ideológica neoliberal, reduciendo la complejidad de lo real al contexto vivido inmediato, lo podemos ver en el video del candidato Anaya en el que justifica porque no quiere que se construyan refinerías en México. En él, en lugar de explicar el contexto de las necesidades mundiales actuales de petróleo, la situación de las reservas mundiales, el papel de la explotación de las arenas bituminosas en Canadá y el del fracking en Estados Unidos,  el papel de los ingresos petroleros aún con la Reforma Energética en el presupuesto público mexicano o explicar el impacto de la cesión de yacimientos y transporte de combustibles a empresas extranjeras, el impacto del permiso de venta de gasolina libre,  la situación y condiciones para la transición en México hacia energías limpias y el impacto de todo ello en el cambio climático, no. Primero redujo el papel de las refinerías a sólo transformar petróleo crudo, ignorando o escondiendo que del petróleo crudo se extraen en las refinerías y las plantas petroquímicas (que México cedió a empresas extranjeras tras la crisis del 94) cerca de 300 productos químicos, incluyendo todos los plásticos, que son la base material de la vida urbana moderna como la conocemos. Y luego, redujo todo su ejemplo al contexto de un clasemediero que tiene que pagar la gasolina de su coche (obviando, escondiendo o ignorando la enorme importancia de los transportes públicos, aéreos, marinos, trenes, etc.) y que además tiene el dinero para comprarse un coche eléctrico. Pero, además, escondiendo que todavía entre el 60 y el 80% de la electricidad se produce en plantas termoeléctricas de ciclo convencional o combinado, ahora la mayoría privadas a las que las CFE les pagó con deuda pública, por adelantado, la energía que van a producir durante 25 años, que funcionan con gas, gasóleo, gasolina, carbón o petróleo. Es decir, que utilices un coche electrónico no quiere decir que no necesite de combustibles fósiles para funcionar. O sea, que la manipulación informativa de Anaya, por un lado, reduce el mundo al día cotidiano de un clasemediero, y por el otro reduce y esconde toda la información sobre lo que determina el consumo, la producción, los precios de petróleo y gasolina. Tampoco habla del papel que tienen los ingresos petroleros del gobierno para financiar los servicios públicos y construcción de infraestructura pública de todo tipo en este país. Eso es un demagogo de pies a cabeza.

El triunfo del neoliberalismo, su hegemonía, se expresa cuando alguien dice que “los políticos son los empleados de los ciudadanos”, cuando dice que esta elección es igual a elegir “quien va a manejar tu negocio”. El neoliberalismo nos reduce a todos a empresarios o consumidores. Para el neoliberal un trabajador es un empresario que administra su capital laboral propio, de la misma manera que el empresario dueño de empresas, fábricas, bancos o dinero, administra el capital laboral de otros. Para un empresario la relación de empleo es una relación entre iguales, aunque uno ponga su tiempo e inteligencia (a veces) y  cosas para producir y recibir al final una ganancia monetaria y el otro ponga además su propio cuerpo y esfuerzo para recibir al final un ingreso monetario que -con la política de privatización e individualización de las pensiones y la pérdida de servicios públicos y prestaciones- cada vez  le alcanza menos para reponer el gasto en formación de capacidades para trabajar, y el gasto de su tiempo, inteligencia y de su físico para seguir viviendo en su contexto social (por eso entre otras cosas se va empobreciendo la clase media y no se diga la trabajadora).

La defensa que históricamente han tenido quienes viven de salarios y no de propiedades, ha sido la acción política colectiva que construye instituciones colectivas políticas desde sindicatos hasta instituciones de gobierno, con las que se conseguían satisfactores colectivos de necesidades, y que, en el fondo, eran también, un subsidio al pago salarial que beneficiaba a los propietarios. El sistema actual, como bien lo ha ejemplificado México, un país que ha seguido a la letra las políticas neoliberales desde 1988, más que aumentar la productividad concentra la propiedad, así se explica cómo sin crecimiento económico del PIB notorio. Sin embargo, ha habido en el mismo período las mayores ganancias bancarias (subsidiadas además con el Fobaproa-IPAB) y la generación de las más grandes fortunas de unos cuantos Hombres de Negocios (los que hacen campaña contra AMLO).

En las expresiones mencionadas, queda claro como se reduce la política a la economía, y no sólo eso, se somete la política a la pura economía, y de ahí entonces, que se concentre el poder político en un pequeño grupo de inversionistas. Y de ahí también la gran importancia de lo que un jornalero le pidió en Baja California a AMLO: que separe la economía de la política, que se separe el abusivo poder económico de la política, que no puede, ni debe, seguir siendo la pura ganancia económica de unos cuantos, cuando lo que la política debe de significar es: la búsqueda del bien común general.

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