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Minificción. La irreverente

Gilberto Méndez Espinoza
La muñeca salió del armario. Con un gesto de somnolencia, observó a sus lados y caminó hacia la puerta. Oculto tras las persianas de la ventana, la seguí discretamente con la vista. La muñeca destilaba un hilo púrpura en la comisura de sus labios, y el rubor de una añeja sonrisa en el rostro. Abrió la puerta, dio un paso y cayó al precipicio. Yo, presto por ver mi obra consumada, corrí a ver a dónde había caído. Mientras descendía hacia ese abismo negro como la noche, me lanzó una sonrisa que erizó mi piel. Azoté mi guadaña en el piso, y continué despulpando manzanas en las inmediaciones del bosque.

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Gilberto Méndez Espinoza La muñeca salió del armario. Con un gesto de somnolencia, observó a sus lados y caminó hacia la puerta. Oculto tras las persianas de la ventana, la seguí discretamente con la vista. La muñeca destilaba un hilo púrpura en la comisura de sus labios, y el rubor de una añeja sonrisa en el rostro. Abrió la puerta, dio un paso y cayó al precipicio. Yo, presto por ver