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RELATO. Los dos hermanos

Rodolfo Lara Lagunas.

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En el reino de Ixtlán había dos hermanos; uno se llamaba Salín y el otro Balán. Al dejar la adolescencia abandonaron el pueblo y se fueron a la capital del reino. Ambos estudiaron en la Universidad. Uno se recibió de Contador y el otro de Abogado.

Salín pronto hizo fortuna. El rey , presionado por las empresas trasnacionales y las élites, vendió a los extranjeros las riquezas del país: ferrocarriles, carreteras, electricidad, bancos, minas y petróleo. A cambio, el rey y los altos funcionarios se convirtieron en accionistas de las corporaciones foráneas ; dándoles, además, altos puestos a sus hijos y parientes en las empresas extranjeras.

El rey, para ocultar los beneficios obtenidos, puso a nombre de Salín las múltiples propiedades y acciones adquiridas. De este modo Salín se hizo millonario. De prestanombres, pues, acumuló riquezas. Estas se multiplicaron al morir el rey. Dado que las propiedades estaban a su nombre, despojó a los herederos del trono de estas cuantiosas riquezas, al negar que pertenecieran al rey.

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Y mientras Salín acumulaba bienes , Balán en su bufete defendía , sin lucrar, a todos los afectados por las injusticias. Era un abogado querido por el pueblo.

Cada año , durante las fiestas decembrinas, los dos hermanos se reunían con sus padres. Y cada año la confrontación subía de tono. En la última reunión el encuentro terminó en ruptura.

—¡Eres la vergüenza de la familia! Gritó Balán. De ladrón y abusivo te acusa la gente. ¿Es que no tienes alma, corazón, conciencia? El país se desangra empobrecido, yéndose al despeñadero, por gentes como tú.

—Yo sólo he aprovechado las oportunidades que la vida nos ha dado. ¡Qué culpa tengo yo de que haya tantos pendejos! El mundo es de los audaces, de los aventados, hermanito.

—De hombres desalmados, dirás. Que no aman a su país ni a sus prójimos. Y como está claro que vas a seguir por el camino de la corrupción , hasta aquí llegó nuestra hermandad. ¡Ni se te ocurra decir que somos hermanos!— Terminó gritando Balán al abandonar la casa paterna.

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Con la muerte del rey se aceleró la descomposición del país: la extrema desigualdad incrementó los robos, los asesinatos, los secuestros, las fosas, el narcotráfico, la prostitución y la violencia. Una atmósfera de inseguridad y miedo envolvía al reino, pero también de hartazgo y coraje. Una tenue luz asomaba al final del largo túnel. Pese a todo, seguía viva la esperanza en un mejor destino, una vida nueva.

Ante el hartazgo, finalmente, el pueblo se rebeló pacíficamente tomando las plazas, los parques y las calles; de este modo se derrocó la monarquía y se estableció la república. Los ciudadanos llevaron a la presidencia a quien por años les había servido: al abogado Balán. Este, tan pronto tomó posesión, le devolvió a la nación las riquezas que a través de las privatizaciones se habían entregado, casi regaladas, a los extranjeros. Una era de paz y prosperidad se desparramó en la nación.

Balán se fue de este mundo sin riqueza alguna; Salín huyó al extranjero con lo poco que se pudo llevar. Hoy, el nombre de Balán se encuentra en las escuelas, calles y parques; mientras que nadie se acuerda del millonario-ladrón que fue su hermano.

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