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LECTURA Y ESCRITURA. Entrelazando palabras, tejiendo historias

Hilda Guadalupe González García *

 

“Un pequeño poema; propongo que todos escribamos algo,

poquito tal vez pero sincero.

Que el espanto no nos hiera la pasión por la belleza”.

 Gerardo Cirianni,

 

Aceptar la invitación de escribir y compartir el escrito,  es un reto, porque otros leerán lo que sale del ejercicio de ideas que deambulan en la mente, en el corazón,  en toda la piel, para ser colocadas en algún espacio a través de las palabras,  estructurando un pensamiento que para el que escribe conlleva inspiración y para el posible lector,  un encuentro que produce agrado o rechazo, por ello, escribir pensando en el que va a leer, implica organizar, revisar, reescribir, pulir  el texto hasta que el escritor se siente a gusto con lo que muestra al mundo.  A partir de la propuesta de Ciranni en una de las  redes sociales, a mirar un video de 39 segundos, de un faro en Bretaña, surge un texto colectivo, que pueden disfrutar completo en el muro del maestro, aquí solo comparto la aportación personal de mi autoría:   

                                                                

El faro

Vigilante elocuente

aturdido de combates cristalinos penetrantes,

humedad de sales y luces empapadas,

fuerte y pequeña morada.

 

Así también como producto de un taller denominado: La importancia de contar en el aula, impartido por Freddy J. García, en la Escuela Normal Urbana, en el municipio de Balancán,  surge un texto con la ayuda del pie de un relato que inició con el clásico encantamiento del cuento que llama a ser escuchado:

 

Los relatos de Luz

 Había una vez una niña llamada Luz, de pronto Luz se asomó a un pozo oscuro y entonces,  notó que había una escalera de cuerdas gruesas dentro del ducto, sintió curiosidad y miedo al mismo tiempo, ganando el deseo de bajar usando la escalera de nudos fuertes. Primero se sentó en el borde, se quitó los zapatos y las calcetas, colocándolos en el brocal y comenzó a descender, contó que eran 20 peldaños, logró tocar el agua  y darle tres vueltas  con la punta de  los dedos del  pie derecho, sintió que algo  rozaba sus dedos, se inclinó un poco, notando que era un pequeño pez que habitaba ahí, decidió sentarse en el último de los travesaños de la escalera. Con ambas manos se agarró fuerte de las cuerdas y remojó los pies, disfrutó la sensación fresca que genera el agua de pozo, sin importarle la oscuridad del lugar, quiso mojarse  toda completa y diciéndole al pececito, “hazte a un lado que  quiero remojarme toda”. Se zambulló sin soltarse de uno de los lados de la escalera.

El pez le picoteaba los pies, le producía cosquillas, chapaleó un rato, después se sentó de nuevo,  se acordó que ya había pasado un buen tiempo que había salido de su casa para el mandado que su madre le había encargado; recolectar flores silvestres que adornaran el jarrón de la mesa del comedor, pues llegarían visitas. Tomándose fuertemente de la escalera con ambas manos, le dijo adiós al pececito, comenzó a subir, -la ropa pesaba y le costaba escalar-, ya iba cansada a la mitad del trayecto cuando los rayos del sol que débilmente se colaban en el pozo, le permitieron darse cuenta que los zapatos ya no estaban, el miedo al regaño la impulsó a subir lo más pronto posible para ver qué había pasado.

Al llegar al brocal, se asomó y vio que un hombre pequeñito, estaba poniéndose sus zapatos. Terminó de salir del pozo, se acercó al hombrecito y le dijo con voz entrecortada pero con mucho respeto: “Señor, podría ser tan amable de devolverme los zapatos”. El hombrecillo era un gnomo que vestía muy elegantemente, solo le faltaban calcetas y zapatos, la miró con enojo y le dijo tajante: “¡No!”. Encaminándose rumbo al sendero que conducía al bosque. Luz, que estaba toda empapada, corría despacio detrás de él, este le dijo: “Estás mojando mi hermoso traje, aléjate, no te devolveré nada”. Y comenzó a andar ligero, tan rápido que Luz se dio por vencida.

Juntó las flores, se encaminó hacia el pozo de nuevo,  sentándose en el brocal lloró desconsoladamente, esperó a terminar de secarse para ir a su casa, aunque con las lágrimas volvía a mojar parte de la ropa,  sabiendo que le esperaba algún castigo por todo lo sucedido. De pronto escuchó que del fondo oscuro del pozo, salía una voz que decía: “Niña, niña ya no llores”. Pensó que era producto de lo que estaba pasando, que se imaginaba le hablaban, volvió a escuchar: “Soy el pez del pozo, escúchame, cuando estuviste dentro me hiciste compañía, sin dañarme, puedo ayudarte”. Luz dijo: “¿Cómo puedes tú ayudarme?”. El pez contestó: “Confía en mí, ve a tu casa, cerca del árbol de lluvia de oro encontrarás tus zapatos. Ella contestó: “Gracias”, y se dirigió rumbo a su casa con la esperanza dada por el pez.

Llegó,  grata fue la sorpresa que debajo del árbol mencionado, estaban sus zapatos, solo que faltaba una de las calcetas.  Con la que había, se limpió los pies, se puso el calzado, acomodándose el cabello y la ropa, entró a la casa, colocó las flores en el jarrón. Desde esos tiempos se cuenta que cada vez que se extravía un calcetín, una calceta y el  calzado,  es un duendecillo que por ahí pasó buscando completar su atuendo.

Y colorín colorado esta historia no ha terminado, puesto que tú, apreciado lector,  podrás decidir qué pasa con Luz después de colocar las flores en el jarrón.

 

*Lic. en Ciencias  de la Educación y docente en la Escuela Normal Urbana de Balancán

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