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REMINISCENCIAS MAGISTERIALES. Dulce olor a tierra

Angélica Ambrosio

 Harán ya muchos años, un largo camino recorrido con incontables historias que han dado luz y vida a mi labor cotidiana. Recuerdo a ese pequeño niño con dulce olor a tierra. Llegó a la escuela, nadie lo quería, pues su fama de chico travieso todos la sabían. Me toco la suerte de cobijarlo con todas sus travesuras. Era escandaloso, su risa resonaba en el salón como el caudal de un rio, me llenaba de luz, recuerdo. Lo senté en primera fila, casi a mi lado,  haciendo caso de lo que todos me decían.

-¡Vigílalo! pues es un pillo.

Que va,  de aquello que se decía, nada de eso resultó aquel niño. Deslumbrante inteligencia la suya, inquietud innata de conocerlo todo,  amoroso como ninguno. Sonreía, cantaba, no le temía a nada; amaba la vida. Su presencia me marcó la vida.

Recuerdo el día como si fuera hoy, llegaba el recreo en aquel lugar tan árido, inhóspito, ni un poco de sombra en aquella escuelita patio de tierra, salón de lámina. Me quedé en el saloncito revisando algo, haciendo no sé qué… pues siempre era mejor adentro que afuera,  afuera donde el sol inmisericordioso alumbraba con todo su esplendor.

Aquel chiquillo se quedó a mi lado,  lo miré con el rabillo del ojo. Se quedó sentado ahí en su butaca, jaló su morralito donde llevaba sus cuadernos, recuerdo bien aquel morralito de lana, lleno de sorpresas. Metió sus manitas, escudriñando ahí dentro sacó una bolsita de plástico donde tenía un envoltorio, tomó la servilleta, que su madre había tejido amorosa y desenvolvió de ella un gran taco de tortilla, lo habría con cuidado, yo miraba discretamente sus movimientos. Que bien que su madre le mande un taquito pues el camino que recorre a la escuela es muy largo, más de una hora, seguramente a esta hora está muerto de hambre, pensé.

Nunca cruzó por mi mente lo que haría. Tomó aquel taco de tortilla amarilla, lo hurgó y dentro hallo un pedazo de pescado seco, que su mamá había tostado en el comal y después depositado en la tortilla. Vi que lo empezó a cortar por la mitad, entonces levanté el rostro y lo quedé mirando, cortó  en dos pedazos aquel pescado seco y la tortilla por la mitad, alegre como era siempre, se levantó de un brinco y llegó hasta mí, lo mire con ternura, me dijo sonriendo:

-Maestra ora si vamos a comer!

No le contesté, estaba muda. Extendió su manita y me dijo:

-¿O qué, no te gusta el pescadito porque está seco?

Tuve que respirar profundo para que no se me quebrara la voz y sólo atiné a decir:

-Es que ya comí, come tú que te hace falta.

-No maestra debes comer más, mañana te traeré un taco completo, necesita comer pues está muy flaca.

Solté la carcajada, acaricie su cabeza de cabellos alborotados y tomé aquel pedazo de tortilla con sabor a gloria. Esa fue la primera vez que lo hizo, me sorprendió tanto que tuve que contener una lagrima que casi rodaba por mi rostro. La inocencia y el alma de aquel pequeño me convirtieron en humana. Viví, después, admirando el paisaje y reconociendo esa tierra. Con él viví muchos momentos gratos, conocí a su pequeña madre, cariñosa y risueña como él, pequeños ojos luminosos.

Recorrimos veredas y caminos abruptos, conociendo aquel pequeño poblado enclavado en una cañada de la sierra, árido,  pedregoso, imponente. Se nos volvió costumbre compartir la sal  y el azúcar de la vida.

Mi existencia quedó impregnada de aquel niño dulce olor a tierra:

Pequeño niño  dulce olor a tierra

Ojitos  encendidos  de un negro profundo

Andar de monte, pies ligeros de viento veloz

Manos que surcan la tierra creando existencia que abraza la vida.

La madre tierra vive en tus entrañas

moldeando tu  paso por estas montañas,

Impregna tu esencia de olores nocturnos,

de alegres sonrisas que surcan el viento

llenando   tu rostro  de marcadas llanuras

Tu esencia se llena con olor a bosque.

dejas a tu paso estelas de aromas que acurruca el viento.

El universo te baña con alegres risas

 inquietos caudales que mecen las naves

que llevan tus sueños por mares lejanos

Pequeño niño  dulce olor a vida

La madre tierra moldea tu esencia en fresco barro de monte altivo

dejando su huella de viento sereno en cada rincón de tu existir humano.

Tocas el viento con tus tiernas manos

Creando con ellas alas a tus sueños

Los seguros pasos de tus pies descalzos

aran la montaña dejando sonidos y

ecos de vuelos lejanos

música que invade todos los rincones

florece la cumbre en cada suspiro de tu corazón amable

 Radiante música en cada  eco que suspira el bosque

 compartes las bondades  que te da la tierra

No sabes de miedos

Las alas del sueño no tienen temores

La vida se alza en esa montaña abriendo sus brazos

a tu esencia humana

La aurora te tejió la vida

Con tramas de tiernos y fuertes colores

 el universo te otorgó encantando

la risa traviesa que juega en tus labios

caricia de seda

trino de esperanza

La brisa le presta sus alas a  tus anhelos 

para que sutiles pueblen  este amable cielo que te abraza el alma

Corazón de fuego

Fuego en las entrañas

 rozas la vida  con tu suave aliento

 Eres hijo de la madre Tierra

De la tierna aurora

Del viento sereno

De la cristalina lluvia

Del trueno, del rayo…del temible fuego.

Pequeño niño dulce olor a tierra

Cierro los ojos, percibo tu aroma, vuelvo a ser humana.

Foto: Juan Rulfo

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