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Paraíso Otro. Carta a Vicente Gómez sobre el placer en las librerías

Rodolfo Uribe

Querido Vicente, ya sé que en estas épocas no se escriben cartas sino whats y tweets y los sabios se refugian en el Facebook; pero hay cosas que sólo se pueden contar con la velocidad y la extensión de una carta, y más que contar cosas, es esa cosa hoy también rara del gusto de compartir experiencias, que también ya se hace menos, o los mexicanos sólo derrochamos oralmente cuando hay tequilas o mezcales de por medio. Siendo obligadamente abstemio, pues no me queda sino este medio para compartirte esto, además, ¿de qué otra forma podría comunicarse un anarquista del siglo XX con un monárquico del XVIII sobre una perversión de finales del XIX? (Otra cosa es el ensayo que va en camino comparando las ideas de Humberto Eco sobre la estética medieval y el trabajo de Chantal Maillard sobre la actual razón estética…). Siendo todas estas cosas más públicas que privadas o más vici publici que privati, abuso de la amistad de un tercer amigo igualmente bibliófilo, Gamaliel, para compartirlo.

Cumplo con mi trabajo. Toda la mañana corriendo entre salones de edificios medievales y otros falsamente medievales, pero que tienen “aularios” mucho más decentes donde te puedes sentar en sillas de aluminio a distancia de los otros asistentes y no en unos mesabancos como del siglo antepasado -aquí donde todo presume ser del siglo de Oro-; en los que sólo bajas el asiento entre las líneas de mesabancos, y el respaldo es la mesa del de atrás, y quedas cerca de los otros, hombro con hombro, como si fueras en un avión en vuelo trasatlántico y te hubieras negado a pujar para mejorar (upgrade) tu boleto de clase económica por uno de clase club o primera.

A los organizadores del congreso no se les ocurrió que si lo repartían por todos los edificios de la Universidad, habría que otorgársele a los visitantes mapas, y poner en las localizaciones nombres de edificios que coincidieran con el de los letreros exteriores y no su apodo de la costumbre escolar medieval, como llamar “Trilingüe” al edificio que dice afuera “Ciencias Químicas”, por si no fuera suficiente con que repiten numeraciones en arábigos y romanos en cada edificio como si quisieran recordarnos quienes los antecedieron en el control de esta ciudad. Y respecto al programa, para poder guiar a los asistentes y ahorrar papel, crearon una app para celular, así que ves a la gran mayoría de asistentes buscando como perros alrededor de un árbol, pescar señal libre de wifi cerca de las instalaciones universitarias y acabarse los ojos recorriendo páginas electrónicas buscando los temas de interés entre 20 simposios diarios. Por supuesto hubo gente que se resistió y terminó imprimiendo programas de papel en unos tomos tan pesados que al final acababan abandonados en cualquier parte.

Pero eso no es lo peor. La mayor parte de los asistentes son brasileños y mexicanos y cada quien entra sólo en la mesa de su país, o sea que la cosa se pone endogámica y las discusiones son domésticas o francamente fantásticas en el mal sentido de la palabra, como la del simposio del Instituto de Latinoamérica de la Universidad de Oxford, en donde, quienes vivimos en tal subcontinente, no podíamos creer que los investigadores igualmente latinoamericanos que ingleses afincados en dicho centro, juzgaran las acciones de gobiernos y organizaciones políticas latinoamericanas sin considerar la deuda externa, las inversiones extranjeras y la necesidad de importar productos, por no hablar de hechos más duros en relación con Estados Unidos, como si las acciones y políticas de Estados Unidos no fueran constitutivas de la propia idea de una América Latina (la idea de que el enemigo constituye la identidad de un grupo social la explican de distinta manera y por su lado tanto E.P. Thompson como Michel Foucault), algo, que, nos dimos cuenta los latinoamericanos, damos por hecho como base para cualquier juicio de opciones políticas. Por ahí se entiende por qué Pepe Mujica dijo que habría quien no entendería por qué el paisano, virtual presidente electo, lo primero que hizo fue ponerse en contacto con los gringos, cosa que a nivel local no objetaron ni los opinólogos buscachambas de los medios electrónicos.

Faltando todavía tres horas de exposiciones, huí. Ya tenía pensado a dónde. A la ribera del río de nombre literario, ahora convaleciente por el exceso de demanda de su agua, y que ya hace 20 años, cuando habitaba aquí, era mi refugio. Ahora, gracias al cambio climático tiene agua suficiente para tener corriente, pero al no llenar su lecho, se han formado aguadas y bosquecillos minimalistas muy agradables junto al puente antiguo. Sigue siendo un mundo paralelo al de la ciudad, una arcadia para deportistas, parejas, solitarios y algunos delincuentes en pequeña escala. Los micro paisajes son tan completos que me permiten publicar fotos en las que puedo presumir de estar realizando mi tarea habitual: estudiar humedales. Después de todo, gracias al calentamiento global, aparecieron nuevas especies vegetales y animales que le dan un aspecto semitropical.

El día anterior, como me había ocurrido ahí mismo hacía 20 años, o por la misma época en un parque junto al río en Coimbra, y de manera aún más sorprendente en el malecón de una ciudad tropical mesoamericana, había caído en un ensueño profundo en el que, observando la respiración mínima, medité  como en los viajes de gravedad cero y, por un momento al menos, viví esa increíble sensación descrita por los maestros taoístas como “sin deseos ni preocupaciones”.

 Todavía contaba con tres horas de espléndido sol y en la mañana había recuperado el libro Los Autonautas de la Cosmopista, tras 30 años de haberlo regalado a una querida maestra refugiada en nuestro país. No tenía esperanzas de volver a ver un ejemplar y, luego de comprobar que las dos grandes librerías emblemáticas habían desaparecido, menos en esta ciudad. De una de ellas, donde en aquel tiempo compré la trilogía Europa de John Berger -que luego tuve que vender en tiempos de hambre- quedaba todavía la vidriera con el nombre y una reja metálica. Vacío y abandono. De la otra, que de hecho quedaba en la misma plaza, ya no había nada, como en la canción de Sabina, ahora era una sucursal del Banco Hispanoamericano. En esa librería había ojeado un diccionario de la extinguida lengua leonesa en el que aparecía el verbo Xingar, con la misma acepción con que se usa en los lugares más duros de Madrid y en un país que no menciono, ja, ja. En ese tiempo no tuve dinero para comprar el diccionario, además del despropósito que significaba comprar un libro por sólo una palabra. Pero ahora veo que ya no tengo cómo comprobar el hecho y la gente ignorante que se siente segura de todo porque nunca busca nada, podrá seguir mirándome con sorna comentando que sólo lo invento con tal de Xingarme a Octavio Paz y secuaces, que inventaron una identidad con base en un verbo supuestamente autóctono aparecido por generación espontánea, y que justifica la actitud básica del sólido estamento burocrático y a la clase propietaria de todo un país. Una actitud, ésta de tratar de establecer una identidad única, absolutamente diferente y prístina, síntoma justamente del mal que denuncia el texto ese del laberinto tal: acomplejamiento. Bueno, en aquellos años, aunque ya se tenía el conocimiento psicoanalítico, no se tenía la guía de la arqueología y genealogía Foucaultiana para entender las cosas.

En principio, el libro de Cortázar no era para mí, sino para unos amigos con los que acababa de recorrer las carreteras vecinales del norte de Portugal. Un también extraño viaje evitando las supercarreteras y zonas turísticas, como si todavía ese tipo de “países” fueran posibles sólo por la voluntad de ver por fuera de las canalizaciones modernas de la velocidad del nuevo siglo. La manera de hacerlo era usar un mapa antiguo donde no aparecían las autopistas e ignorando por entero la existencia de algo llamado GPS y las aplicaciones relacionadas: un viaje con viejos mapas para recuperar el paisaje viejo (Mi amigo sabía de mi gusto por hacer viajes sin mapas: 20 años antes mi amigo y yo habíamos tenido ya una diferencia porque yo me negaba a usar a priori un mapa para vivir en una ciudad, “prefiero aprenderme las calles a pie, en persona”, le dije entonces). Y sin embargo, la manera de evitar hoteles caros y sentir vida doméstica fue otro engendro del actual siglo: el Airbnb, con el que uno “revive” la sensación doméstica, pero totalmente reificada: convenientemente falsificada con artículos domésticos e incluso, como en las novelas de Philipp K. Dick, memorias falsificadas: fotografías de niños que supuestamente vivieron ahí, artículos de cocina “nuevos pero usados”, nombres de personas en las puertas de las recámaras, libros en las repisas, pero, casualmente, la mayoría, guías turísticas o de viajes. Quien recibe y se dice responsable se hace pasar por dueña, pero se nota que es recién emigrada del oriente y que responde a un jefe, en realidad es sólo un cuarto de hotel fuera de un hotel. Pero la opción alternativa, la atención de una verdadera propietaria, puede dar sorpresas…

En algún lugar sobre un valle extenso y alargado donde se mezclan agradablemente la vegetación y las zonas urbanizadas con casas bajas tradicionales con techos de tejas, frente a un sombreado y cuidado panteón -vertiente turística que yo en lo personal evito, “el turismo de panteones”-, una excesivamente amable anfitriona invitaría un sabroso desayuno preparado con evidente afecto; a la llegada de los huéspedes les da recomendaciones muy especializadas de turismo de lujo, que por suerte en este valle no es muy viable, y ofrece un desayuno en casa, gusto que permite discriminar europeos de americanos (estos últimos prefieren desayunar en la calle), negociando muy profesionalmente cada uno de sus elementos y su precio. Aprovecha para ello su delicioso jardín coronado por un gran árbol de flores blancas, que le arregla un jardinero de origen brasileño que justo está esperando que llegue nuevamente esa mañana. Para hacer el momento más familiar, ella misma se presenta y pide permiso para acompañar a los huéspedes, lo cual, por supuesto es siempre agradecido. Pero ahí, contra la afirmación de Zlavoj Zizek de que ya no hay acontecimientos, ocurre uno: la agradable conversación, a pesar de llevarse a cabo en dos idiomas y la consecuente comprensión a medias, deriva, calificaría gustoso Guy Debord; abriendo un verdadero umbral a otra dimensión, hacia el relato largo y lleno de sentimiento, aleccionador, pero sobre todo concientizador, sobre la desaparición de uno de sus hijos y los sufrimientos y experiencias de siete años de búsqueda. Mientras otro de sus hijos se ha enganchado en el auge del negocio del deporte trabajando para el próximo mundial de futbol, en Quatar, el hijo que salió un día a un concierto de Jazz en Lisboa, desapareció. “Europa lo niega”, dice, “está ocurriendo”, y cuenta cómo nunca aparece en los medios de comunicación ninguna información de la violencia real que está sufriendo la población bajo el control de una delincuencia que nunca se menciona y el tráfico de personas que coincide con miles de casos de desapariciones.

Narra la impotencia de los familiares que se reúnen en congresos en diferentes países y la nula respuesta oficial. No imagina que en este caso, entre sus huéspedes, a los que no ha preguntado nada, hay dos profesionales de derechos humanos que han oído la misma historia miles de veces, y que uno de ellos estaba aquí descansando de “eso” en un país “tranquilo”. Explica al final que aprovecha la casa que ha reconstruido en memoria de su hijo en una vieja ciudad, en un viejo valle, literalmente detrás de los montes, para comunicar, para concientizar, uno por uno, a todos los europeos que pasen por ahí. No imagina que, en esta ocasión, quienes la escuchan saben mucho de la frase “romper el silencio”, y que ya ni siquiera se dan cuenta cuándo comienzan a llorar por la misma razón de siempre…aunque por el idioma tal vez no entendieron una tercera parte de la historia, el sentimiento, la sensación, el cuerpo febril envejecido y triste sea el mismo que tantas veces han visto. Esa voz firme pero suave que parece venir de un hueco profundo de algo que está vivo en medio de la muerte. Como maestra jubilada de lengua que es, sabe abrirse a hacer lo que no hace la gente común, disciplinada por nuestra sociedad psicópata que castiga la exhibición pública de sentimientos, describe puntualmente los distintos momentos y procesos de su experiencia de “ausencia”, cómo ha vivido siete años de carencia, cómo se ha desarrollado en su vida diaria el irrellenable hueco material que se siente en el cuerpo y en el ambiente, y la barrera dura, impenetrable, que se convierte toda la sociedad en su incapacidad de dar ninguna respuesta, ninguna certeza. Así como ha sabido manejar los tiempos y los emplazamientos para situar a sus huéspedes en situación de que presten toda su atención, sabe, con su buen manejo del lenguaje, a pesar de estar hablando a personas que apenas si conocen su idioma, involucrarlos en su momento y situación.

En el tiempo actual, en el del viaje, “se hacía tarde” (como en la novela de José Agustín); casi todo el equipaje estaba ya en el maletero del coche estacionado bajo los árboles de la entrada del panteón; pero por prisa y comodidad, por estar tan cerca de la casa, se dejó el maletero abierto. Al desayunar, la atención de los viajeros “con un pie en el estribo”, estaba en la necesidad de comer rápido y bajar las últimas cosas para meterlas al coche, hacer la cuenta, cosa que seguramente se haría de manera artesanal, suponían con razón, y en cuidar que no fuera a pasar alguien y por descuido se llevara una bolsa o maleta de la cajuela abierta del coche. La belleza del jardín donde armó la mesa de desayuno la señora, la delicia del zumo de frutas combinadas que les ofrece y finalmente su relato, provocan que los viajeros renuncien a salir corriendo, para seguir “viendo” los paisajes y los monumentos del recorrido (mandato del turismo moderno: hay que verlo todo, recorrerlo todo), y poner atención a la narración de la anfitriona, a estar plenamente en un lugar, en ese, a poner total atención, a escuchar. Al principio del viaje habían comentado que no importaba aprender el idioma del país porque por la necesidad de atender al turismo “ellos se esfuerzan por comprendernos”, pero ahora era escuchar. Y la señora contaba su historia en su propia lengua sin hacer concesiones y ahora ellos eran los que se esforzaban por entender -en este caso además desde su experimentada impotencia frente a estas situaciones-, y lo hacían más que por las palabras, por las emociones que comunicaba la señora y el estado de apertura emocional que -en este caso- ya tenían como actitud de vida y trabajo los presentes. Al finalizar la narración, no hubo prisa ni preocupación por las cosas en el coche abierto ni por la hora de salida al recorrido.

La despedida no fue ya el cálculo frío de las cuentas por los huevos, el pan, la mermelada, las frutas del zumo (la belleza del jardín no hay como calcularla), fue una separación de amigos entrañables e impotentes unidos por el sufrimiento común de aquellos que han roto la enajenación social que nos desvincula de nuestras emociones y normalmente nos impide aceptar las ajenas como propias. Y estas despedidas son difíciles. Tras recorrer los habituales atractivos del centro de la ciudad, castillos, iglesias y calles reconstruidas y convertidas en soportes de consumo (ornamentos para los profesionales del análisis del nuevo turismo y diseño urbano), y recorrer 30 kilómetros hacia la siguiente ciudad por una carretera estrecha, serpenteante entre cerros y cultivos, el chofer descubrió que se llevaba la llave de la habitación y la puerta de la casa que le había dado la señora. Y aunque eso desencadenó una discusión sobre si se trataba de un acto fallido y la fe o no en el método psicoanalítico, regresaron los 30 kilómetros para reponerle la llave a la señora. Ella sólo comentó que le ahorraban los 9 euros para reponer la copia. Es decir, era habitual que los huéspedes olvidaran devolver las llaves.

Volviendo al asunto del libro, localicé, sin embargo, con la ayuda de un joven librero de las dos únicas verdaderas librerías que quedaban en la parte antigua, otro ejemplar. Y digo auténticas, porque ahora aquí, como en toda zona turística del mundo, todo es simulacro y nada es lo que era, sino una mera estrategia para vender desde las banderitas, camisetas, artesanías hechas en China pero con el nombre del lugar en cuestión, hasta departamentos o terrenos con vista al mar si es el caso. Una catedral, un museo, un río, una montaña o lo que sea, ya sólo valen en tanto anzuelos para generar multitudes ávidas y extáticas que sólo pasan por ahí, sin tiempo de rescatar una historia, vivir una experiencia o apreciar el engaño. Sólo recogen imágenes que cada vez más son sólo de las mismas masas móviles llenando la calle principal lo mismo de San Cristóbal, Chiapas, Venecia que de Porto, Portugal (sobre esto publiqué un artículo en una revista científica describiendo el caso de la Riviera Maya). La gente no se detiene: fluye por los emplazamientos reformulados como imágenes (la propia ley mexicana de Pueblos Mágicos lo hace explícito: lo importante es la “imagen urbana”). No se detiene, no se engancha, y termina sometida a un guión de visita prescrito, a los días de reservación de los hoteles, y por supuesto a los horarios de los transportes, las visitas y los guías; como si no fuera ya suficiente constricción los días precisos de vacaciones y “puentes” que lo liberan del trabajo por el que le pagan. Son días en que otra vez “hay que cumplir con”, “lograr metas”, ver, registrar y mostrar a las relaciones, amigos y familiares, para probar que se vive como se debe (aunque para ello se deba cada vez más, pero eso ya es otra historia).

El segundo ejemplar me evitaría leer a matacaballo o desvelándome, la crónica de viaje de Cortázar antes de regalarla. Aunque no por eso dejé de adelantar páginas bajo la sombra del segundo héroe más infame de la literatura local. Segundo en todo, en tiempo y en infamia. Aunque en eso hay buena competencia. ¿Quién es peor?, ¿La enganchadora o el pícaro? De todas maneras, en ambas historias los honestos creen, se apasionan y mueren. Así en el siglo XVI. Ahora: reguetón, telenovelas turcas que desplazaron a las colombianas que desplazaron a las brasileñas que desplazaron a las mexicanas, y series de médicos forenses.

La condición extraña del río, de torrente gestionado, genera en el cauce micropaisajes que al ojo de la cámara resultan perfectos simulacros de pantanos, y me permiten informar en redes que sigo trabajando en los humedales de siempre (aquí otro de los dobleces necesarios de la vida moderna: nadie me cree que  oficialmente estudio y publico artículos sobre los procesos culturales y ambientales del turismo moderno para tener presupuesto para seguir estudiando humedales o pantanos, porque para esto último no se autorizan presupuestos. Sin embargo, la gente con sentido común no acepta que alguien se pueda dedicar a estudiar el turismo, les suena a pretexto. Es otro caso de los simulacros que describe Baudrillard: el pretexto para el poder (político, administrativo, académico, científico, económico), es ahora lo único real.

Regreso a la vieja ciudad vieja, que está llena de gente que atiborra tiendas de souvenirs de colores chillones a los 30 grados de un atardecer de julio. Ahora la universidad es un mero pretexto para vender todo tipo de chucherías (y de manera más seria un inspector del Ministerio de Educación, par mío en el sucio negocio de la evaluación científica, me dice que los congresos son casi ya la ocupación principal de la Universidad, por su derrama económica). La propia ciudad ya no se ve tan vieja como hace 20 años en que había papelerías, fotocopias, bares baratos para estudiantes, incluyendo el mítico café “Rayuela” (en homenaje obvio a la novela) a donde llegaba por fuerza el “quién es quién” de la intelectualidad hispanohablante de ambas costas. Junto con la rubia Morgana y sus habilidades brujiles gálicas pre Harry Potter, le organizamos más de una marcha a algún escritor latinoamericano famoso o próximo a serlo. Algunos de ellos, por condiciones naturales del tiempo y su transcurrir biológico o la mera condición del subcontinente, ya por desgracia (mero giro lingüístico porque los budistas lamentamos la violencia pero no la muerte), póstumos. (El chisme es que normalmente les bastaba, y sobre todo por razones de edad, con tomarse alguna foto de recuerdo con la belleza rubia de Morgana y su larga cabellera, pero también, varias veces Morgana me despertaría a timbrazos furiosos, toda cruda y ojerosa, huyendo de su propia cama por no recordar ni cómo había llegado ahí el intelectual o simulador de lo mismo en cuestión, acusándome de no haberla cuidado como correspondería a un caballero -pero no a un amigo posmoderno en una sociedad cuyo lema, que ella mucho repetía a la menor provocación, era “cada quien su culo”-, le aclaraba yo cediéndole mi plato de desayuno).

Menos resulta ya creíble la imagen antigua de la ciudad por el hecho de que una buena cantidad de edificios están en obra, dejando al descubierto los burdos esqueletos de vigas de acero que sostienen las huecas fachadas mientras terminan de rellenarlos con entrañas del siglo XXI. Y mucho menos por las enormes grúas que sobresalen por encima de torres y cúpulas que más parece un moderno puerto marino de desembarque de contenedores. No importa, si al fin y al cabo, los turistas sólo pasan por fuera y abajo, y sólo quieren tomar fotos de las calles y en las calles, y sobre todo: sólo pasan. Gran diferencia de cuando me tocaba trabajar en un despacho donde había que cuidarse de no caerse por los grandes desniveles del suelo y el empedrado totalmente disparejo del piso verdadero, quizás no siglo XVI, pero al menos si XIX; y un alarmante letrero referido a las añosas y podridas vigas de madera del piso advertía sobre el riesgo de su inminente caída, sin responsabilidad alguna, en caso de que algo pasara, por parte de la Universidad. Tiempos aquellos donde había cosas antiguas y el pasado vivía todavía entre nosotros. Tiempo raro que tuve que aparcar mi humanismo para, como un favor de esos a los que no se les puede negar nada a riesgo que te cancelen la beca, pasaría a ser maestro de “informática”, enseñando a los alumnos “sólo” como usar el Word Perfect, el DBase y a hacer correos electrónicos y búsquedas con el incipiente Google de entonces (de nada sirvió mi débil queja de que el nombre de la materia que estaba obligado a impartir era etnias y pueblos prehispánicos del Nuevo Mundo).

Acostumbraba regresar a mi estudio a las tres de la mañana, temblando de frío, cruzando calles con aspecto lúgubre enseñoreadas por una vía láctea brillante que al llegar al margen del río podía contemplarse en toda su extensión, junto con, por algunas noches, el famoso cometa Kohutec o uno más impresionante (no tengo memoria para el nombre de los cometas u otras cosas fugaces, en eso nos parecíamos finalmente Morgana y yo).

Las calles estaban llenas con cinco mil congresistas latinoamericanos, las hordas de turistas del resto de Europa en ropa de verano, o sea casi sin ropa, y de manera sorprendente y deslumbrante, escandalosos grupos de adolescentes italianas de largas y blancas piernas uniformadas con unos muy pegados shorts. Las calles llenas de juventud, ruido y cuerpos semidesnudos y jóvenes caritas de belleza de portada de revista de pronto se hacen agobiantes. En medio de la alegría hay un gesto un poco forzado en las caras cansadas de tanto sol, un agobio o más precisamente un hastío…quizás de tanto ver, tanto recorrer, tanto pasar por todo y tanto pasar de todo, de estar entretenidos, de demostrar que la están pasando bien…lo común del nuevo turismo es el agobio de recorrer y ver tanto. Amused to death, como diría Roger Waters.

La ciudad vieja, eso sí, mantiene su trazo original, que es a propósito laberíntico, respetando del lado del río el trazo de la alfama mozárabe; y luego todas las calles rodean de manera semicircular a las dos catedrales (una dentro de otra) y la Plaza Mayor, de manera que no resulta fácil librarse de los edificios monocromos de color crema que presumen de antigüedad. Sin darme cuenta, siguiendo un letrero de una tienda de alimentos, encontré una vía de escape que da directamente a las calles modernas de altos edificios de viviendas. Se trata de una anomalía, de una especie de túnel sucio, gris y vandalizado con comercios abandonados, salvo las tiendas de souvenirs del mediocre equipo de futbol local que juega en la segunda división. Es curioso porque sale directamente de la Plaza que está totalmente reconstruida y cuidada como manda el convenio de Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO y frente al bullicio permanente de los turistas, es un remanso de silencio. Para sentirme más en mis calles y en mi ciudad, no bastaba con las paredes grises y los graffittis violentos; no faltó aquí también alguien en “situación de calle” arrebujado en cobijas sucias. El pasaje resulta como una muestra de la mala conciencia de la ciudad, porque en las ciudades bien cuidadas con banquetas, calles y paredes en buen estado, la miseria aparece siempre más terrible, por el contraste, que en las ciudades descuidadas y sucias en las que me he acostumbrado a vivir. Pero también, ese espacio sucio se sentía cargado de un sentido de realidad y honestidad frente a la falacia de los fachadas restauradas y el sentido de mero escenario de la ciudad vieja y los escandalosos turistas en ropa de playa cumpliendo con su rutina fuera de la rutina, casi siempre encuadrados en nuevos aunque fugaces grupos jerárquicos.

El pasaje fue el verdadero escape hacia largas calles rectas de edificios de departamentos de entre cinco y ocho pisos, en cuyas bases realmente fluye la vida de la ciudad con la gente en bares menos pretensiosos y mucho más baratos y tiendas de electrodomésticos, ropa y cosas cotidianas. Una sensación de regreso a la realidad. Encontré una tienda de objetos fotográficos para comprar otra memoria para mi cámara. Me atendió un hombre muy parecido a mí, apenas más joven, delante de armarios muy cuidados llenos de cámaras mecánicas analógicas y las inconfundibles cajas rectangulares de los rollos de 36 exposiciones de 100, 200 y 400 asa, Kodak, Fuji y Agfa. Entablé una plática increíble para darme cuenta de que no vendía nada de accesorios para mecanismos digitales. Su actitud era un poco extraña ante mi entusiasmo y mis felicitaciones por mantener la tienda. No tardé en averiguar la razón: al salir y voltear a ver por última vez el escaparate, reparé en un letrero que decía: “en liquidación”. De pronto era como haber hablado con un sobreviviente de un mundo extinto.

Después tuve un respiro en una tienda que no era sino meras máquinas vendedoras de refrescos y chunches como con las que nos alimentamos en mi Universidad. Cansado me senté en una mesa en un lugar indefinido frente a la entrada de una discoteca insertada bajo los restos de la muralla medieval, que increíblemente, conserva el nombre y la ambientación de hace 20 años. En la mesa de junto, una mujer mayor de 40 años, fea, pero que habla y habla una versión del mismo idioma que, ésta sí, suena a la que se lee en los libros aunque la historia que platica, a diferencia de las de los turistas, es banal, común y humana (preocupación por la hija que se quedó en casa y sobre sus gastos a futuro), y su marido, único hombre de traje que he visto en el día, con el pelo barnizado, asiente a todo mientras gira la cabeza buscando algo en la calle. De pronto, la pareja brinca de sus asientos y corre a abrazarse con otra pareja y un niño que llegan con ropa de verano, shorts, camisetas. A gritos les preguntan sobre la playa y cosas por el estilo, mientras regreso a concentrarme en mi libreta donde escribo, como en el siglo pasado, a mano, el resumen de la ponencia que presentaré en dos días, corrigiendo con base en los errores detectados en las que escuché en la mañana. Me saca de concentración un golpe seco, carreras, el llanto del niño junto a la fuente y los cuatro adultos se agolpan sobre él. A ocho manos le auscultan la cabeza dando grandes voces. El lugar se me convierte en una pesadilla, deposito un euro sobre la mesa y salgo corriendo. Me descubro pensando, como cuando escuchaba con mis amigos el testimonio de la señora portuguesa, que vine para aprovechar descansar de “eso”, aunque, como concluimos aquella vez, tras despedirnos llorando con la señora, una vez que decides no ser un idiota, en tu vida estarán las dos caras, el entusiasmo y el amor, y la tragedia.

Corro más que camino hacia ninguna parte. Vuelvo a las calles pobladas de coches. En una esquina, en el vidrio de un aparador hay enormes letras rojas que anuncian: Low Cost. Las dos palabras son de gran atracción para algún tipo de personas, a las que al parecer pertenezco. Entré sin más averiguaciones para quedar atrapado en un apretado pasillo que se extendía hacia los dos lados de la puerta, en el sentido cada calle, entre libreros blancos sobrecargados, pero minuciosamente limpios y ordenados.

Lo primero que llama la atención es el orden. Uno podría pensar en un meticuloso trabajo de bibliotecario que seleccionó y ordenó los libros de acuerdo a un profundo conocimiento de las temáticas, porque no sólo aparece inmediatamente una colección de lo mejor de la literatura universal, sino lo mismo sucede con los otros rubros, incluidas la ingeniería y la economía. Sin embargo, por experiencia, he aprendido que los libros se ordenan solos, se encuentran bajo sus propias reglas de afinidad para presentarse hombro con hombro en los entrepaños, de tal manera que resulta imposible separar la vista de ellos mientras uno recorre los títulos agachándose o estirándose para abarcar todos los estantes, sin dejar que la presencia de otras personas constituya un estorbo o molestia. Sin esfuerzo, me encontré agachándome y levantándome entre personas que hacían lo mismo, todos concentrados en los entrepaños, pero conscientes sin esfuerzo de no estorbar a los otros y moverse, si no coordinadamente, al menos con un fluido y silencioso concierto de quienes tienen un interés común y un ritmo semejante. Con nitidez, a diferencia de las personas en las zonas turísticas, su presencia se siente, y mirándolas, es clara la diferencia, desde el propio vestir, el arreglo del pelo, el gesto de la cara, entre cada uno. Nadie viste a la moda pero se destaca que todos visten de manera intencionada: algún detalle, el conjunto, dicen algo, tienen un giro personal. Pero no es la ropa lo único que les da aire excéntrico, en comparación con la gente de la zona turística, resalta también, que son demasiado algo, alguno es demasiado alto, otro es demasiado gordo, otra demasiado pálida…el pelo demasiado corto o demasiado largo, el vestido demasiado holgado, los zapatos sucios, una camisa de hombre brillante, maquillajes intensos o inexistentes en los rostros femeninos. Se pueden identificar modas o estilos, pero todos son pasados, inactuales. Al mismo tiempo, todos en su propio formato parecen naturales, sin afectación, es obvio que no se arreglaron, que no actúan para ser vistos, lo mismo no hay conciencia de ser vistos, o no les importa. Sus apariencias no son montajes para los otros, son manifestaciones, expresiones de su…no sé si llamarla existencia. Ninguno expresa sufrimiento, pero sí se adivina cierta vulnerabilidad, la posibilidad de sufrir que al final está totalmente relacionada con la capacidad de entender. Todos concentrados y silenciosos pero claramente insuflados por un ánimo apasionado. Lo que hay en común es que todos buscan. Incluso puede pensarse que la respuesta obvia: un libro, es apenas un pretexto. Y con eso también puede también imputarse razonablemente una sensación de insatisfacción totalmente contraria al éxtasis contemplativo de la gente en la ciudad vieja. Apenas intercambiando alguna palabra en voz baja para ceder o pedir espacio, algunas parejas, la mayoría solitarios. Nadie parece tener prisa, todos están relajados, nadie parece sometido por ningún horario.

Todos los libros son viejos. Sólo hay tres precios 2 euros por uno, 5 por dos y 7 por tres. No hay bestsellers de grandes letras en portadas brillantes. Todos los libros han sido vendidos por anteriores usuarios. Son libros vividos. Son libros sufridos. Son libros leídos. Son libros peligrosos porque inevitablemente nos relacionan con otra persona, con la experiencia de otra persona que los compró, los tuvo consigo y presumiblemente los leyó. No son libros nuevos que aseguran la aséptica emoción de estrenar algo recién salido de la máquina.

Se adelanta a la caja un hombre de edad mediana y larga cabellera que saca de un morral de cuero un libro, con acento argentino ofrece dejarlo porque está de viaje y no puede cargar. El joven cajero le dice que no puede tomarlo, que tiene que comprarlo. Le ofrece 20 céntimos por él, que son aceptados con un gesto displicente. Hacia la calle las dos hileras de libreros son visibles a través de dos grandes ventanales que en conjunto le dan al limitado espacio un ambiente, junto con el coordinado fluir de los presentes, de pecera. Hay otra cosa, nadie parece tener prisa y cada uno de los clientes revisa absolutamente todas las repisas, aunque al final, cuando mucho saque uno o dos ejemplares.

Ni necesidad hay de decir que no supe a qué hora salí de ahí, que sólo compré un ejemplar, que según yo me llenaba un hueco de explicación para el curso de mi asignatura habitual, y que había sido editado 30 años atrás en mi propio país, de hecho, impreso a muy pocas cuadras de mi casa y que compilaba conferencias dadas en mi propia facultad. Hechos que, por alguna razón, me hicieron sentir dentro de un caracol, que habitaba y vivía en alguna extraña forma de caracol que atravesaba como estructura primordial invisible los tiempos y los espacios.

Al día siguiente cité a Philip en un bar en una calle cercana. Después de concertar los detalles de nuestro simposio, lo invité a visitar la librería. Caminamos más de una hora dando vueltas buscándolas. Ahora las mismas calles de la ciudad nueva, con sus grandes edificios de departamentos y sus bajos de bares y tiendas, me parecían todas iguales, y por supuesto, no había tomado el nombre de ninguna calle porque ¿para qué querría volver? Después de recorrer todo el barrio y checar todas las esquinas posibles, pero sobre todo, luego de que preguntando a los dueños de comercios y gente en la calle, nadie recordara una librería así, me sentí como si hubiera sido objeto de alguna especie de ilusión, de haber visitado alguna grieta en el continuo espacio temporal, o más probablemente, en mi propio cerebro.

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Paraíso Otro. Carta a Vicente Gómez sobre el placer en las librerías

Rodolfo Uribe Querido Vicente, ya sé que en estas épocas no se escriben cartas sino whats y tweets y los sabios se refugian en el Facebook; pero hay cosas que sólo se pueden contar con la velocidad y la extensión de una carta, y más que contar cosas, es esa cosa hoy también rara del gusto de compartir experiencias, que también ya se hace menos, o los mexicanos sólo derrochamos oralmente cu