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MUNDO RARO. La nota de Ximena

Ornán Gómez

Cuando lo vi en la mesa, no pude hacer otra cosa que recordar que a mi madre nunca le llevé una nota de felicitación. Aunque me esforcé, nunca lo conseguí. Y vaya que luché por conseguirlo. A los maestros les regalé manzanas, naranjas o peras. A veces, con el escaso gasto que mi madre me daba, les compraba un refresco y una torta. A las maestras, les llevaba rosas rojas o muñecos de peluche, como hacían los otros niños.

En otras ocasiones, les escribía una notita al estilo: Usted es la maestra más buena que he tenido. Así que, aunque los nervios hicieran que envolviera la rosa con papel higiénico para que los demás niños no supieran qué era, las maestras no podían quejarse de que no les llevara ningún obsequio. Pese a ello, las malagradecidas jamás me escribieron una nota de felicitación. Nunca escribieron, por ejemplo: ¡Eres un niño brillante! ¡Qué maravilla tenerte como alumno! O, ya de perdida, Sigue así y llegarás lejos. Vaya, ni siquiera el jodido dibujito de un corazón o un oso, como le hacían a los demás.

Eso sí, los fines de semana, en mi cuaderno lucían un sin fin de reportes de mala conducta. Los maestros, los mismos que se zampaban golosos las manzanas, las peras y las naranjas, escribían en mi cuaderno con letras grandes y bien marcadas, que yo era un desobligado. Que no cumplía con la tarea, ni hacía los ejercicios. Que me pasaba las clases platicando con quién sabe qué fantasma. Que como estudiante no tenía futuro. Que mejor me diera de baja de la escuela, y me consiguiera un empleo, aunque sea de ayudante de albañil.

Aquellas notas me hacían morder polvo, porque jamás lograría destacar como los otros alumnos que eran el orgullo de los maestros. Si para mí era golpe duro a mi autoestima, para mi madre eran ráfagas para su orgullo. Señora, debe pensar seriamente en Ornán. Creemos que no es ni será bueno para la escuela. No malgaste su dinero, y búsquele un oficio que le sea provechoso. Aún está a tiempo. Mi madre miraba al maestro a los ojos, sin parpadear. Después se levantaba de la silla y se despedía. Usted encárguese de enseñarle, que yo me encargo de ver por su futuro, le decía antes de abandonar la dirección o el salón de clases.

Viejo pendejo, decía cuando me dejaba en la entrada de la escuela. Mira que venir a decirme que mi hijo es un tarado. Que se vaya a la mierda, y me dejaba una moneda para el gasto. Cuando la escuchaba, mi autoestima volvía a mi cuerpo y me sentía el rey del mundo. Podían venir todos los maestros y hacerme lo que el viento a Juárez. Sin embargo, yo sabía que mi madre pensaba con seriedad mi caso. ¿Por qué no era capaz de aprender historia, matemáticas, español, o civismo?

En casa, ella trataba de investigar las causas con preguntas al estilo: ¿Qué te pasa, hijito? ¿Por qué no haces caso al maestro? Pero yo me cerraba como una almeja. Jamás quise decirle que las clases no me gustaban, y que los maestros me aburrían. Que me la pasaba mejor jugando en las calles. Decirlo, hubiera significado el tiro de gracia para su confianza en mí. Y seguí asistiendo a la escuela. Y ahí me la llevaba con calificaciones que iban del seis al cinco; además de las amonestaciones que los maestros iban acumulando en mi libreta, pese a que les seguía llevando frutas y refrescos embotellados. Los muy ingratos fueron un hueso duro de roer, y no se dejaron convencer de mi buena voluntad.

Les cuento esto, porque cuando me topé con la nota en el comedor, donde la maestra felicitaba a mi hija, casi me desmayo. El escrito decía: Gracias niña por ser tan linda. Yo quería café, pero al leer la nota, me quedé como piedra. A mi pequeña, una maestra le agradecía por ser linda. ¡Caray! Yo me esforcé todo lo que duró mi etapa de estudiante, y nunca conseguí nada. Y mi hija, sin hablar, sin los dientitos completos, sin darle nada a cambio, de su maestra obtenía una nota de felicitación. Qué se creía esta pequeña. ¿A caso con sus dos añitos osaba ser más inteligente que su padre? Quise correr para despertar a todos, y exigirles una explicación. Pero, ¿de qué serviría?

Preparé café, y me senté a admirar la nota. Y entonces recordé que, a Eduardo, mi hijo mayor, también le mandaron un sin fin de notas. En ellas decían que era un niño aplicado. Que siempre estaba dispuesto a hacer lo que la maestra decía. Y, sobre todo, que terminaba las tareas antes que los otros niños. Sonreí. Yo nunca terminé las tareas en el salón de clases. Y las pocas que hice, fue porque el maestro me amenazaba con no dejarme salir al receso.

Me serví una taza de café humeante, y admiré de nuevo la nota. Sin duda, mi pequeña estaba empezando con el pie derecho en esa aventura de la escuela, y estaba bien. Yo empecé con el izquierdo, y terminé, más tarde, invitando a mis maestros a algún bar, y enamorando a mis maestras. Y aún así, jamás conseguí una nota de felicitación.

Pese a ello, terminé la licenciatura como deseaba mamá.

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