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MUNDO RARO. Luz y alegría

Ornán Gómez

En estas tierras anidan la luz y alegría. Y como no, si aquí es donde mis hijos están creciendo. De aquí les brota esa alegría chiquita que les estalla en los labios, y les ilumina los ojitos. Aquí, en estos bosques que cercan la ciudad, Eduardo apreció el primer conejo. Y cuando lo vio, a sus cuatros años, quiso tomarlo en brazos. Quizá para arrullarlo con una historia. Sin embargo, el conejo echó patitas para qué te quiero, y Eduardo se puso a llorar a mares. Yo lo tomé en brazos, y seguimos explorando los senderos que son como gusanitos retorcidos entre la hojarasca de robles.

Años más tarde, mi hijo y yo salimos a caminar al Benji y, para nuestra sorpresa, nos topamos con otra liebre que venía de quién sabe dónde. Venía despacio, mirando de aquí para allá, como sopesando algún peligro. Cuando el Benji la descubrió, empezó a tirar de la correa. La liebre se agazapó, y Eduardo estalló en gritos de alegría. De la emoción, solté al cachorro que corrió tras el gazapo. Sin embargo, cuando vio que el perro se le iba encima, pegó tremendo saltó. Nunca pudimos igualar la velocidad de la liebre, y nos quedamos, incluyendo al Benji, con la lengua de fuera bajo la sombra de un árbol, mientras ella se perdía entre los arbustos.

Luego vendría Ximena, quien se maravilló con el primer colibrí que miró sobre una flor. Con su dedito regordete lo señaló, mientras sonreía y sus ojitos desprendían un brillito metálico. Recuerdo que, cuando la doctora dijo que sería niña, Eduardo y yo nos quedamos en silencio. Pasmados, diría mi madre. Mi hijo, porque deseaba un hermano con el que jugara y caminara los senderos del bosque donde vivimos. Yo, porque no sabía qué hacer con una niña. ¿Acaso a las bebés se les mordía, aventaba a la cama, pintaba la cara, o se les metía en tambos de ropa sucia como a los niños? La doctora soltó una carcajada, y nos despidió.

Y cómo no amar estas tierras, si aquí es donde mis hijos tienen a sus amigos. Y es aquí donde han aprendido que la amistad se cultiva lo mismo que una flor. Y sí, es aquí donde un servidor tiene amigos a los que aprecia y quiere con el alma. En esta ciudad están los cafés que me fascinan, como La comiteca. Porque desde su segunda planta, uno puede apreciar la ciudad cubierta por un cielo azul, mientras los zanates arman escándalo sobre las ramas de los árboles del parque.

Y cuanto estoy allí, mirando la ciudad en tanto bebo un trago de café, recuerdo que cuando llegué a Comitán, lo primero que visité fue el famoso cerro del tío Beli. Cando iba subiendo, una niebla espesa envolvía la ciudad, porque era diciembre y hacía un frío espantoso. Y mientras más ascendía, la niebla era más espesa, al grado que la luz de las lámparas eran como ojillos diabólicos. Y mientras los perros aullaban desde la oscuridad, pensé en “¿No oyes ladrar a los perros?” de Juan Rulfo. Y cuando llegué a la cúspide, y miré a la ciudad envuelta en esa niebla espesa, suspiré y sonreí de alegría porque, desde que la visité por primera vez, mi deseo fue vivir aquí.

Y ahora estoy aquí, diciendo que adoro a Comitán, porque en sus calles resuena el tañido de las campanas que anuncian misa de tarde o mañana. Amo sus calles angostas donde la gente va y viene con la calma que caracteriza la ciudad, las librería como LaLiLu a donde llego con frecuencia, los centros culturales como el Rosario Castellanos, los parques donde las ardillas corren sobre las ramas de los árboles, las iglesias que representan la cultura de épocas pasadas, los espacios culturales como la casa de don Belisario Domínguez, el bulevar con sus flores mecidas por el viento del atardecer, los mercados donde nos volvemos colores y aromas, porque allí está representado el otro Comitán que proviene de las comunidades rurales, donde se vive y piensa de manera diferente a quienes viven en el primer cuadro de la ciudad.

Sin duda que yo amo a esta ciudad de casas con techos rojos y paredes antiquísimas, porque aquí mis hijos están siendo felices. Y la alegría que ellos tienen, se los contagia ese aire limpio que mece las flores que rodean la ciudad, además de la calidez de las personas con las que me he relacionado de un tiempo a la fecha.

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