Inicio / Cultura / SEMBLANZAS A PINCELADAS. El presidente Echeverría, el neurólogo gobernador y el joven Murat*

SEMBLANZAS A PINCELADAS. El presidente Echeverría, el neurólogo gobernador y el joven Murat*

ROSARIO CASTELLANOS: “OFENSA” Y ORGULLO,  SIGNIFICADOS DE SU PALABRA PARA EL PODER

 Bernardo Meneses Curling

 Transcurren  los primeros años setentas del siglo XX y es el día en que  Luis Echeverría, el presidente de México, viajará a China en una visita de Estado. Lo acompaña una comitiva numerosa, de la cual forma parte el gobernador de Chiapas, el neurólogo Manuel Velasco Suárez. Ya están todos en el autobús oficial que los conducirá de la Residencia Presidencial de Los Pinos al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México.

Mucha gente se arremolina junto a uno de los costados del autobús, en el que ocupa el primer asiento el Jefe del Estado Mexicano.  Son políticos que desean decirle adiós, sobre todo que el presidente vea que han llegado a despedirlo. Los hay de diversas condiciones y edades y, entre ellos, está el joven José Murat, quien en medio de la gente, a voz en cuello, se hace oír por el mandatario: “¡Señor Presidente, quiero acompañarlo!”

Lo dice en tal forma audaz, entusiasta, aspiracional, repentina,  inesperada y candorosa, que sorprende a todos y produce efecto  grato  en el ánimo del hombre  poderoso. Recibe una respuesta que, podría pensarse, nunca   esperó: “Véame en el aeropuerto”.  Murat, quizá  sólo con la ropa que traía encima, sin equipaje ni pasaporte, tuvo acceso  al avión como parte de la comitiva presidencial y también acompañó a Luis Echeverría en su gira por China. El acontecimiento se produjo con el estilo de toma  de algunas decisiones de este Presidente.

Poco tiempo pasó para que resultara candidato y diputado federal este hombre de ascendencia libanesa, nacido en el Istmo de Tehuantepec, en una familia modesta, que también ha sido senador, gobernador, operador de las corrientes  tradicionales y conservadoras del PRI, denunciado como contratista de obras privilegiado del gobierno chiapaneco de Sabines II, y que ahora ha sido exhibido por el periódico estadunidense New York Times como inversionista y dueño, junto con su familia, de bienes inmobiliarios de lujo, de los más caros del mundo, en la propia Nueva York y en otras partes de Estados Unidos.

La gira fue prolongada, duró unos 15 días. En Chiapas constituyó un gran  acontecimiento que su gobernador haya acompañado en ella al Presidente de la República. También era muy ponderado entonces que Manuel Velasco  Suárez, el prestigiado  neurólogo reconocido a nivel internacional y fundador del Instituto Nacional de Neurología, haya revolucionado la relación  de Chiapas con el  Gobierno Federal.

Asimismo, que su gobernador fuera atendido y distinguido con un trato preferencial por el Presidente Echeverría, y que además le diera muestras públicas  de reconocimiento, consideración y respeto a su persona, así como a su condición de profesional de la neurología  y de gobernador. Algo similar le dispensaban la mayoría del gabinete, no todos, como Manuel Bernardo Aguirre, el secretario de Agricultura. La gente acudía, incrédula, al parque central de Tuxtla, frente al Palacio de Gobierno, para corroborar  desde allí que, como había oído, ya  tarde en    la noche –muchas ocasiones hasta la madrugada- este singular gobernador y sus colaboradores de mediano y alto nivel continuaban trabajando.  Hasta antes de él, la actividad se suspendía y el palacio quedaba desierto después del mediodía.

Fue Echeverría un presidente que sacó al gobierno federal del Palacio Nacional, y con él al frente, lo llevo al encuentro de la gente en asambleas abiertas y prolongadas en todos los rumbos del país, y que  ordenaba a sus secretarios de Estado que  informaran, que  explicaran a los ciudadanos los programas de gobierno que estaban aplicando. Así, por primera vez, los mexicanos pudieron enterarse de manera directa del trabajo gubernamental, y verificaron que si bien por lo general eran personas preparadas, experimentadas y hábiles, los gobernantes de primer nivel también eran hombres falibles, de carne y hueso como todos.

Este era el rostro innovador de Echeverría, el otro se mantenía soterrado desde que había sido Secretario de Gobernación, cuando se le señaló, junto al presidente Díaz Ordaz, como autor intelectual del ataque del grupo del guante blanco, agentes federales, que posicionados y ocultos en edificios aledaños a la Plaza de las Tres Culturas, dispararon contra estudiantes y soldados y provocaron la reacción del ejército que ocasionó la matanza del 2 de octubre en Tlatelolco.

A su vez, el cirujano neurólogo fue un gobernador que sacó a Chiapas de su ensimismamiento y estableció un ejercicio proactivo, demandante, en su relación con el Presidente de la República y con los secretarios de Estado. El Presidente visitó a Chiapas incontables ocasiones en ese sexenio. Muchas veces más que a cualquier otro estado. Antes, con excepción del presidente Cárdenas, los presidentes y sus secretarios rara vez viajaban al interior del país y menos a Chiapas.

A su regreso, el gobernador hizo venir a gente de todo el Estado y la reunió en el Cine Alameda, de Tuxtla, para platicarles  lo que había visto con el Presidente en China. Le llamó la atención como en China se construían grandes y pequeñas obras, de manera incesante, en todas partes, pero sobre todo que en  las mayores se usaba tanto maquinaria como obra de mano directa de la gente. “¡Ese gran país se está transformando!”, dijo. Eran todavía los últimos tiempos del presidente legendario Mao Tse Tung.

Sin importar las dimensiones del trabajo requerido, cuando no se disponía de maquinaria, se enfrentaba con mano de obra. “No importa el costo ni el tamaño de las construcciones, cuando son necesarias para China, el gobierno y el pueblo las realizan”, contestó a una pregunta del Gobernador de Chiapas, el primer ministro chino,  Show En Lai.

Platicó también que a falta de más tierras adecuadas, planas, para la agricultura, en China hay grandes cultivos en las montañas, que previamente son conformadas como terrazas, como grandes escalones, lo que permite cultivar en mejores condiciones que en la tierra inclinada y, además, evita el deslave que provoca la lluvia y  empobrece los suelos. Dijo también que en cultivos con poca extensión de tierra ya estaban usando tractores también pequeños, mini tractores.

Le llamó mucho la atención que, cotidianamente, a las cinco de la mañana, hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos salieran de sus casas al parque más cercano o simplemente a la calle y, juntos, hicieran ejercicios de acondicionamiento físico. Es, dijo, una cultura que los mantiene sanos física y espiritualmente.

 

Rosario, su Palabra y el Poder

Fue el neurólogo gobernador un hombre conservador, “coleto” tradicional que, según sus propias palabras, descendía “de uno de los primeros españoles que llegaron al Valle de Jovel”, quien “casó con mujer indígena” y, añadió, desde entonces, “no ha vuelto a mezclarse una gota de sangre extranjera” en su familia. Hombre creyente, católico, a pesar de su condición de científico. Tuvo la virtud de ejercer un gobierno laico, con respeto a los derechos humanos y a las diferentes creencias.

En una variación sobre el mismo tema de su idiosincrasia, comentó terminante que “la Revolución ya está hecha”, al leer a posteriori  el  discurso de uno de sus colaboradores que exponía, ante las malas condiciones de la población indígena, los principios  establecidos, pero no vigentes, en la Constitución de 1917.

Otro botón de muestra: “¡Ella nos ha ofendido!”, dijo para rechazar el nombre de Rosario Castellanos cuando, bajo el árbol de mango que en esos días se levantaba en el Parque Infantil de Tapachula, justo a la orilla de la banqueta de la 1ª Avenida  Sur, el  gobernador neurocijano preguntó por alguna mujer chiapaneca reconocida para darle su nombre al parque.

“¿Cuándo, cómo, por qué?”, “nos ha ofendido” la  poeta y escritora y académica de reconocido prestigio internacional, se preguntó el cuestionado que, a solicitud de parte, la había propuesto.

Luego encontró la respuesta: Lo ofendían  los libros en prosa de Rosario Castellanos que describen  la marginación, la discriminación, la explotación con que la población originaria de Chiapas, los indígenas, había sido sometida desde la conquista española y aún en esos tiempos por los criollos, especialmente por  los coletos de San Cristóbal Las Casas,  la Ciudad Real del tiempo de la Colonia.

Pero la política a veces es ingrata aún con los políticos. Quiso el destino que Rosario Castellanos, la chiapaneca nacida por accidente en la Ciudad de México pero crecida en Comitán, muriera inesperada, absurdamente, fulminada por la electricidad de su domicilio, siendo embajadora de México en Israel. Su cadáver fue traído, honrado y sepultado en la Rotonda de las Personas Ilustres. El presidente Echevarría viajó a Comitán para rendirle homenaje en la tierra de sus ancestros.

Y encomendó al gobernador Manuel Velasco Suárez el honor de que, en la luctuosa ceremonia multitudinaria, dijera el discurso laudatorio a la noble mujer y gran creadora  que fue Rosario Castellanos. Su obra poética ha sido aún más reconocida que la que creó en prosa. Así  ocurrió. El Parque Infantil no fue ennoblecido con el nombre, la imagen y la obra de Rosario. Pero el gobernador neurólogo, quien era un gran orador con capacidad de improvisación, que usaba con maestría en sus exposiciones los recursos persuasivos, conminatorios y el rito propios de los  maestros, los médicos y los sacerdotes experimentados y sabios,  leyó un discurso apologético, que reconoció las grandes aportaciones, las cualidades y el amor a su pueblo de esta gran chiapaneca.

Sin embargo,  el gobernador Velasco Suarez mantenía, como tal, una buena relación con los indígenas, en especial con los Tzotziles, cuyo carácter  elogiaba. Estableció, con ayuda de la UNICEF y del Gobierno Federal,  el Programa Socioeconómico de Los Altos de Chiapas.

Introdujo  en el escarpado y empobrecido territorio indígena la construcción de terrazas para  cultivos, de viviendas dignas, de escuelas y  de servicios médicos, así como  el programa de Caminos de Obra de Mano (de indígenas y campesinos), que resultaron muy bien construidos, empedrados, lo que los hacía atractivos a la vista y, además, muy superiores y más duraderos que los caminos de terracería. “Son obras que pueden ser milenarias, como la Vía Apia”, decía.

Luis Echeverría era un hombre austero, serio pero que sabía sonreír, cordial, disciplinado, comprometido con su responsabilidad de servidor público, cuya capacidad para el trabajo doblegaba a sus secretarios de Estado, que con dificultad le seguían el ritmo.

Era también un hombre fuerte, un verdadero atleta. Sustituyó el vestido del traje formal por el de la guayabera en todos los actos en donde el protocolo no lo impedía. Dio un sello mexicano típico a la generalidad de las reuniones gubernamentales, con mobiliario artesanal y bebidas de frutas. Transitaba en la edad el segundo lustro de sus años cuarentas. En una gira que lo llevó a Tapachula y al mar, donde visitaría el lugar escogido para construir  Puerto Madero, ahora  Puerto Chiapas, por un error de logística del Estado Mayor Presidencial, fue trasladado antes al entonces Hotel Estrada, donde después de aquella visita  estaba previsto servirse una comida de trabajo.

En  esa reunión se presentarían los planos y se  informaría de las características de la obra, así como de la forma en que repercutiría en el desarrollo del Soconusco y de Chiapas. El hotel era un edificio rustico de madera de una planta, con piso de madera, construido sobre pilotes de mangle al borde de la playa. Era agradable y el principal centro de reunión de los visitantes a la playa. Estaba allí el Presidente de México, sobre la arena  y frente al mar, cuyas olas vigorosas pero acompasadas había sorteado en su primera juventud, cuando como secretario particular del presidente nacional del PRI, fue comisionado para venir a recomponer las cosas  en su partido después de los sucesos del Treintayunazo de diciembre,  del año de 1946.

Entonces se había producido  un conflicto político por la presidencia municipal que movilizó al pueblo contra la imposición de Luis Guisar Oseguera, y  ocasionó la muerte por la policía estatal y el ejército de muchos tapachultecos, entre ellos, la de María Herrán, una jovencita que marchaba al frente portando la bandera nacional. Preguntó el presidente a qué distancia estaba el lugar donde se construiría el puerto. Le dijeron que cuando menos a cinco kilómetros, por lo que para ganar tiempo mientras servían la comida, invitó a caminar por la playa para visitarlo de una vez. Y se puso en marcha seguido del gobernador, de sus secretarios de Estado, de otros funcionarios y de gente de Tapachula.

Su ritmo pronto tomó el de paso de camino y cada vez se aceleró más, tal era su buena condición física y su carácter. Pronto se vino la lluvia y también pronto algunos secretarios de Estado, sobre todo los  de mayor edad, como los de Marina, de la Defensa Nacional y de Agricultura no resistieron, aflojaron el paso y auxiliados por sus colaboradores, buscaron  a través de los cactus de Pitahaya que crecían en el médano, el camino lateral  paralelo a la playa, donde sus ayudantes ya los esperaban con  vehículos.

El coordinador de Comunicación Social de Chiapas, Bernardo Meneses Curling, junto con el Oficial Mayor, también joven, habían tomado uno de cada brazo al gobernador y lo ayudaban a mantener el paso,  detrás del Presidente. Estimulados o golpeados también por la lluvia, como cada quien lo sentía, los seguían algunos reporteros de la prensa nacional, entre ellos el de Excélsior, quien comentaba que Echeverría era “fuerte y veloz como un caballo”.

Con su guayabera, su rostro ovalado, su cabello y sus gruesos lentes escurriendo lluvia, el presidente atleta finalizó  la distancia y luego junto con el gobernador, espero con paciencia y observo la llegada sucesiva del resto de  su gabinete. Pronto, recibió un informe del Secretario y de técnicos de Marina. También habló el Gobernador. Así se puso en marcha  la construcción de Puerto Madero, obra que modificó la corriente marina y que al poco tiempo empezó a destruir, a comerse  la playa hacia el oeste,  hasta que llegó y sobrepasó a San Benito, el poblado que por sus playas había sido el principal lugar de esparcimiento de Tapachula y de la región del Soconusco, y que en su juventud había disfrutado el Presidente Luis Echeverría.

En uno de  dos programas que para hablar  de la historia de su vida y de su carrera artística, hicimos  en el auditorio monumental del Instituto Mexicano de la Radio, en la Ciudad de México, cuya grabación conservo,  Amparo Montes, una de las grandes  intérpretes  de la canción romántica mexicana, hablando en un momento  con una especie de humor negro y de catarsis,  en busca de cura al luto que produjo  en quienes la disfrutamos,  la destrucción de las playas de Tapachula,  del poblado y del panteón de San Benito, dijo:  “Ahora los muertitos que el mar arrancó de sus tumbas, ya deben andar por las islas de Hawai”.

*(Crónica Rescatada con Motivo del 93 aniversario  del natalicio de la escritora: 25/05/1925)

Acerca redaccion2 redaccion2

Consulta Tambien...

MUNDO RARO. Se llamará Ornán

Facebook Twitter Google+ Print Email WhatsAppOrnán Gómez El mensaje decía: Feliz cumpleaños, y que todos …

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

SEMBLANZAS A PINCELADAS. El presidente Echeverría, el neurólogo gobernador y el joven Murat*

ROSARIO CASTELLANOS: “OFENSA” Y ORGULLO,  SIGNIFICADOS DE SU PALABRA PARA EL PODER  Bernardo Meneses Curling  Transcurren  los primeros años setentas del siglo XX y es el día en que  Luis Echeverría, el presidente de México, viajará a China en una visita de Estado. Lo acompaña una comitiva numerosa, de la cual forma parte el gobernador de Chiapas, el neurólogo Manuel Velasco Suár